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viernes, 21 de febrero de 2014

Entre cartones

Ahora que ya hemos dejado las Navidades atrás, puedo contar una bonita historia sin tener miedo de que me acusen de sentimentaloide... pero sí, esto pasó en Navidades. 

Un día salí a dar un paseo para despejarme  y tras caminar un rato llegué a una zona residencial: el día anterior había sido Nochebuena y los contenedores de cartón estaban a rebosar de restos de papel de regalo y de cartonajes de juguetes. Me fijaba en ellos porque me producen una mezcla de rabia y tristeza... tanto papel tirado, tanto dinero malgastado en juguetes que en muchas ocasiones serán olvidados en seguida...  Así que me di cuenta que había dos personas buscando entre los cartones, lo que me disparó aún más esos sentimientos. 

Sin embargo, según me acercaba me percaté que la escena era "distinta"... no veía lo que esperaba encontrar, gente necesitada buscando algo para comer, o para regalar. Eran un hombre y una niña de unos cinco año, vestidos con batas y zapatillas de andar por casa... la pequeña tenía ojos como de haber llorado y abrazaba un peluche de Peppa Pig. El que supuse su padre había separando unos cuantos cartones y estaba rompiéndolos... poco a poco me di cuenta que lo que estaba haciendo era rasgar las figuras de dibujos que había en los cartones (todos de Peppa Pig) para separar los personajes, que los estaba poniendo a un lado. 
Cuando pasé por delante, el padre y yo nos cruzamos una mirada de esas de pseudovergüenza y complicidad al mismo tiempo, y yo le ofrecí una navajita de esas plegables (yo siempre la llevo en el bolso, para pelar una manzana, atornillar algo suelto o cortar algo... las madres somos así) para que le fuera más fácil. Mientras yo le sujetaba los cartones y él cortaba las figuras me contaba, como justificándose: 
"Mira, le intentas regalar lo mejor de lo que te piden, lo más grande, lo más caro,  y al final resulta que con lo que les gusta jugar es con las figuras de los cartones."
Me estuvo contando que la niña había estado muy feliz con su muñeco hasta que vio que bajaban a la basura todo el cartonaje... al parecer en ese momento había querido quedarse con el embalaje y los adultos le habían dicho, con esa empatía que nos suele caracterizar en las relaciones con los niños, que para qué iba a querer eso, que no era más que basura, con los regalos tan bonitos que le había traído Papá Noël. La niña lloró y lloró hasta que su padre, entendiendo su pena, salió por la puerta de la cocina con ella, para cortar los cartones.
"Ahora el que se va a llevar la bronca voy a ser yo, ya verás", se reía el padre cuando me devolvía la navajita.
 Al despedirnos le dije que tenían mucha suerte, ambos. La niña, en unos años, se olvidaría del peluche, se perdería, se rompería o simplemente pasaría a otras manos. O quizá no... pero lo que nunca, nunca, nunca iba a olvidar lo que su padre hizo por ella esa noche y, sobre todo, todas las cosas que le enseño con su gesto.

Y ella, más tranquila, le dio a papá su cerdita, agarró los muñecos de cartón y se fueron hacia su casa, de la mano. 

Y tú ¿qué crees que aprendió la niña esa noche? Déjalo en "Comentarios" ;-)

Beatriz Coronas
A las madrigueras!

viernes, 20 de diciembre de 2013

¿Acompañar o ayudar?

     Hace algún tiempo una mujer contaba un viaje larguísimo que había hecho en autobús con sus dos hijos, de aproximadamente dos y cinco años. Aunque había ido pertrechada de material de entretenimiento era casi inevitable que en algún momento estallase una crisis que tuvo que soportar como pudo. Otra compañera del círculo le preguntó: "¿por qué no pediste ayuda?". Parece obvio, pero quizá no sea fácil pedir ayuda sin miedo a molestar, ni intentar ayudar sin miedo a entrometerse.

     Pedir ayuda suele ser difícil: nos pone en una posición de (supuesta) vulnerabilidad, quedamos expuestos y a merced de la buena voluntad de la persona a la que recurrimos. Malo si es alguien conocido, malo también si no lo es. Y peor cuando la ayuda tiene que ver con nuestros hijos; posiblemente percibamos la dificultad para poner límites a posteriori, o nos quedemos con la sensación de que debemos devolver algo, o incluso nos veamos enfrentadas a una supuesta falta de capacidad. Sin embargo, si queremos educar en la cooperación, conviene que tengamos en cuenta que nuestros hijos aprenden de nuestras actitudes, y si nosotras no somos capaces de hacerlo difícilmente les daremos herramientas a ellos para saber "pedir", sin obligar, ni exigir ni comprometer, y aceptando un "no" cuando sea así.

     Otra cuestión es la de ofrecer ayuda. Es verdad que en lo que respecta a la crianza, en muchas ocasiones se insiste en la necesidad de acompañar y no intervenir, y posiblemente los límites sean muy difusos. Un ejemplo archiconocido es el tema de las visitas postparto, cuando siempre hay alguien que se ofrece a coger al bebé para que la madre pueda hacer otras tareas tal como poner un café o una lavadora: eso no es ayudar. O una mujer que esté colocándose a su hijo en un portabebés y venga alguien a "sujetar" al niño o ayudarle a pasar los nudos: eso tampoco es ayudar, es meter mano y en muchas ocasiones, importunar diciéndole al otro lo que tiene que hacer. Deberíamos centrarnos seriamente en pensar en ofrecer ayuda al adulto, y que sea éste o ésta la que asuma la cantidad de ayuda que necesitan los pequeños. Y cuando hablamos de ofrecer tenemos que aceptar la posibilidad que nos digan "no", y que no pasa nada. Estamos todavía muy lejos de aceptar algo porque sí. Todavía nos cuesta. En cualquier caso, los adultos son (o deberían al menos) ser capaces de rechazar o aceptar una ayuda no solicitada, pero los niños no. Los niños, que todavía no son buenos conocedores de la lógica adulta, se verán enfrentados a un desconocido que les requiere algo, y eso no suele acabar bien...

     Y por supuesto, lo que debería primar es el sentido común. Ofrecer ayuda no es decir cómo se tienen las cosas, o cuál es nuestra opinión, o acusar. Ayudar es ser proactivo y actuar en caso de peligro ¿un ejemplo? hace unos días se vio esta escena en la playa: un padre con dos niños estaba atendiendo al menor de ello, que debía haberse hecho daño con algo. El otro niño, de unos seis años, estaba en la orilla jugando con las olas de una mar algo picada y no atendió a la llamada del padre que le pedía que se alejase. No es que fuera desobediente, es que era un niño JUGANDO, ajeno al peligro. Pasó por allí un señor que se dio cuenta de la situación, y su reacción fue realmente curiosa: se acercó al padre y le pidió que fuese a buscar a su hijo mayor, que lo hiciera aunque llorara, "que era mejor que llorase el niño que no los padres". Como si el padre no sacara al niño del agua por capricho de éste, cuando lo que estaba haciendo era atender al pequeño lastimado. Por suerte para todos, pasaba por allí personas más sensatas que bien se ofrecieron a quedarse con el pequeño, o bien hablaban con el mayor para que se alejase de la orilla. Evidentemente, era una situación de relativo peligro, en la que no tenía ningún sentido reprender al padre. ¿Por qué tomó ese señor semejante decisión? Yo creo que responde a dos patrones: a una educación censuradora y castigadora por un lado, y a una demostración del adultocentrismo absorbido por otro. 


     Como casi siempre quizá deberíamos fijarnos más en los niños y en su capacidad de ver lo obvio para entender que las cosas son más sencillas. Hace poco, en un supermercado atestado de gente una madre intentaba colocar la compra del carro en la cinta transportadora mientras su hijo, que no llegaba al año, lloraba en la silla que llevan los carros de los hipermercados. Del lloro pasó al lloro intenso y de ahí a la crisis. La madre, agobiada con una gran cola de personas esperando detrás llegó a quedarse paralizada e inclusó le gritó al pequeño, que rompió a llorar aún más fuerte. Ninguna de las personas que estaba detrás, en la fila, fue capaz de reaccionar, como no queriendo inmiscuirse mientras que tanto la madre como el niño lo estaban pasando realmente mal; no avanzaba nada hasta que se dio esta conversación entre una niña de unos cinco años y su madre:

   - Venga, mamá!!
   - Venga ¿qué?  -creo que también con miedo de otro "numerito".-
   - Pues dile a esa mamá que coja al bebé y tú le pones las cosas en las bolsas.

     Lógico ¿verdad? Esa niña no veía a un niño con una rabieta que merecía un azote, ni a un caprichoso ni a una madre que no supiera ejercer su función: vio una madre desbordada y un niño que necesitaba un abrazo. Entre varias personas de la cola pusieron las cosas de la cinta y una pareja le ayudó a empujar el carro. Fin de la crisis. Posiblemente muchas de las personas de la cola hubieran intentado entretener al niño con muecas o canciones, que está muy bien, pero que no respondía a las necesidades del momento, el niño necesitaba a su madre y su madre necesitaba más manos. Y es tan sencillo que sólo una niña fue capaz de verlo. 

     Ahora que es Navidad y que se supone que es mejor momento que el resto del año para pensar en el otro, intentemos pensar en ayudar. Pero de verdad. 

Beatriz Coronas

viernes, 15 de noviembre de 2013

La dura vida de los niños "buenos".

     Hace algún tiempo mantuve una conversación con una mujer que me hablaba de su sobrino: "buenísimo, es buenísimo, dormir, comer y otra vez dormir... le han puesto una hamaquita en el salón y está tranquilísimo. A ver si ahora (nueve meses) se anima a andar y ya se le va redondeando la cabecita". Todo esto me lo contaba con alegría y hasta con  "orgullo" de tía; quizás por esa tendencia a pensar que las cosas "buenas" son genéticas. Evidentemente, a partir de sólo una conversación no puede establecerse nada, pero a mi un niño así, esos niños "tan buenos" me preocupan mucho; porque cuando una madre te dice cansada que su niño no para, que se despierta en el carro, que no quiere quedarse solo, que todo el rato quiere brazos... pues hay que intentar descartar algún dolor, y sobre todo, hay que cerciorarse que existen realmente momentos de confort para el bebé: si se calma con su mamá (aunque sólo sea con ella), o al pecho, o con movimiento, lo más probable es que todo esté bien, que sea un bebé exigente y sano. Y cuando hay exigencia, es fácil (aunque sea muy cansado) criar un niño: sólo hay que hacerle caso; ellos se encargan de hacer ver lo que les gusta, lo que no y lo que necesitan. 

     Pero los niños "buenos" son otro tema. No quiero decir aquí que tengan algún problema, pero sí que creo que la comunicación entre padres e hijos puede ser más difícil. Porque con todas las cosas que hay que hacer a lo largo del día, ante un niño que no demanda, es fácil caer en la tentación de no prestar atención a sus necesidades. Muchas veces esas necesidades son calladas artificialmente: me refiero a esos niños "buenos" permanentemente detrás de su chupete. No se trata de atacar al chupete por si mismo porque eso da para un capítulo completo, pero sí dar un toque de atención a lo que supone que un niño "acalle" sus necesidades emocionales (no estamos hablando sólo del hambre y del sueño) a base de succionar indiscriminadamente. Conozco varios de estos niños "de anuncio", tan buenos, tan buenos, que sólo han dado problemas cuando le quieren quitar los chupetes a los cuatro años, porque no se le entiende al hablar, porque se le tuercen los dientes o porque ya, tan grande, queda feo. 

    Pero otras veces, los niños simplemente son así, tranquilos. Y ser tranquilos en este mundo de locos puede ser peligroso. Con estos bebés en ocasiones llega un momento en el que la familia cae en el extremo opuesto: de repente se dan cuenta que hace demasiadas pocas cosas en relación con otros niños (ay, las comparaciones), y se cae en la trampa de la hiperestimulación. Juguetes de colores, con sonidos, luces, movimientos... y sobre todo, una repentina necesidad de que el niño ande, o por lo menos "se mueva". 

     Un niño sano debe ser estimulado, pero los recursos de la familia son los necesarios y suficientes; se le puede balancear, portear, cantar, soplar, besar, acariciar, masajear, arrullar... ACOMPAÑAR su crecimiento. Y ACOMPAÑAR está en mayúsculas para diferenciarlo de "ayudar a". Con cuatro meses se les incorpora (a la fuerza) rodeado de cojines para comer (a la fuerza) triturados. Con ocho meses se les da la mano para que echen el pie (primero a la fuerza... después, cuando las espaldas adultas se resienten y son los pequeños quien la reclaman, llegan las rabietas...). Se les sube a columpios en los que no se sostienen por ellos mismos, bien atados... eso no es acompañar, lo que se está haciendo en estos casos es FORZAR etapas, lo que puede ocasionar más daños que beneficios. 

     Los niños deben moverse por propia iniciativa; llegará el momento en el que necesiten por sí mismos voltearse, levantarse o gatear, así que además de no forzarlo con antelación hay que estar muy pendiente de tampoco evitar el movimiento: qué diferente hubiera sido el desarrollo de nuestro bebé del principio del texto si en lugar de la hamaca hubiera tenido a su disposición más suelo (en el césped, o con una mantita es suficiente para que esté un poquito más amparado), con sus diferentes texturas. Cómo se hubiera beneficiado su sistema vestibular, su musculatura y hasta la forma de su cabecita, de ser porteado frecuentemente por adultos con sistemas ergonómicos. Y sobre todo, cómo se hubieran beneficiado sus emociones de estar mucho más tiempo cerca de adultos que le den calor y le acerquen a la vida cotidiana. 

     Acabo esta reflexión con un video sobre el Instituto Loczy de Emmi Pikler, pionera en el tema de la libertad en el movimiento y a quien os animo a estudiar sobre ella y sus observaciones. 



Beatriz Coronas

viernes, 21 de junio de 2013

Niños que chillan ¿demasiado?


     Que los niños hablen demasiado alto es una cuestión que suele inquietar a padres, pero sobre todo a abuelos y a algún cuidador ocasional, que pueden opinar que eso responde a que el niño está algo maleducado. De todo hay, y aunque puede ser cierto que en ocasiones las voces altas están fuera de lugar, hay que tener en cuenta que los niños son niños: espontáneos, explosivos, alegres, intensos... vivos. De los adultos depende darles pautas para evitar que esto suponga un malestar en determinados ambientes, y sobre todo, de ellos depende identificar si verdaderamente el tono habitual que utilizan es excesivamente alto. 
B.Coronas, reproducción prohibida.
     Dos son los modos de identificar si un niño grita demasiado durante demasiado tiempo: uno, que varias personas, en distintos momentos y con distintas sensibilidades nos lo hagan notar, y dos, niños que sufren enfermedades relacionadas con las vías altas con cierta frecuencia, principalmente, afonías y disfonías (quedarse sin voz, o quedarse ronco). 

     Y si realmente chilla demasiado ¿qué podemos hacer?
     Por un lado hay que pararse a pensar si la voz demasiado elevada ha aparecido de repente, o por lo contrario, ha sido así desde que el niño comenzó a hablar con fluidez. Si el trastorno tiene un inicio evidente, puede deberse a causas otorrinolaringológicas: quizá un problema de audición pasajero pero que hay que controlar (deberíamos prestar aquí especial atención a las otitis de repetición, o cuando el niño presenta dermatitis inespecíficas e intensas). En cualquier caso, los padres pueden solicitar una revisión que aclare este punto. 
     Si no es así, los padres deben analizar sus propios hábitos, si es necesario preguntando a gente de confianza que den una opinión sincera y libre de prejuicios. Hay familias más ruidosas, más discretas, hay personas que hablan en un tono de voz muy alto y hay entornos en los que se chilla con mucha frecuencia: todo esto influye, pues los pequeños se adaptan e imitan lo que ven (oyen) en casa. Si los mayores hablan a voces desde una punta a otra de la casa, o entre los miembros de la familia se llaman a gritos y se compensa con un tono de voz elevado la falta de contacto visual, estarán favoreciendo sin querer que los pequeños imiten esos comportamientos. Si simplemente, se habla muy alto, también. 

     Usar un tono de voz demasiado alto también puede ser causa de moverse en entornos demasiado ruidosos: una televisión puesta a todas horas, música a gran volumen, un entorno ruidoso obligan a elevar la voz más de lo recomendable y esto puede generalizarse a otros contextos. 
     Por otro lado, gritar mucho puede ser una manera de “defenderse”. Un niño tenderá a gritar cuando no esté seguro de ser escuchado, por ejemplo, en un conflicto o ante una petición. Los padres suelen repetir muchas veces: “no me chilles”, o “no me hables tan alto”, pero las instrucciones explícitas no suelen funcionar cuando está en  juego la autoestima de los niños. Ellos deben estar seguros que cuando hablan con los adultos, van a ser escuchados, y para ello es importante:
·         Centrar la atención en ellos (no podemos estar haciendo otra cosa que requiera mucha atención, como por ejemplo mirar el teléfono o el ordenador). Además, es de lo que los adultos llamamos “mala educación” y se favorece que ellos imiten ese comportamiento posteriormente (con el consabido “haz el favor de mirarme a la cara cuando te hablo”)
·         Mirarles a los ojos, y si es posible, a su altura. Si estamos en otra conversación, dependiendo de la edad del niño podemos optar por interrumpirla un momento y contestarle, o pedirle que espere unos minutos, o que en ese momento no podemos atenderle, pero siempre con el mismo respeto con el que trataríamos a un adulto. En ocasiones puede ser difícil afrontar su frustración y sus ganas de hablar  inmediatamente: aprovechemos el contacto físico, contengámosles sujetándoles por los hombros con suavidad, o dándoles la mano: es importante que sientan que sus necesidades son entendidas aunque no puedan ser cubiertas en ese mismo instante.
·         Respetar sus turnos de palabra, y ayudarles a que respeten los de los demás.
·         Muchas veces chillan porque su habla no es inteligible, se les puede ayudar a ver que el tono debe ser el adecuado y que se debe pronunciar bien para hacerse entender, pero siempre con calma. 

     Y por último, insisto: son niños, hay que dejarlos ser. Quizá haya que valorar las circunstancias en las que se les exige silencio: si vamos de visita a casa de la prima Juanita, que acaba de tener un bebé, a la hora de la siesta, pues deberemos preguntarnos si realmente esa es la mejor opción: si no hay otro momento, otro lugar, o si no podemos ir solos en esa ocasión. 

Beatriz Coronas.

viernes, 17 de mayo de 2013

Shhhhhhhh...

  Ya Freud hizo notorio hace mucho tiempo de la importancia que los silencios, entendidos como la ausencia de palabras durante una conversación, tenían durante las sesiones de terapia. En la actualidad, cualquier terapeuta presta tanta atención a las palabras dichas como a las que se tapan: los silencios y las omisiones, mediados por el lenguaje no verbal, ofrecen muchos matices a los que no podríamos acceder sólo con el lenguaje oral. 

  En la vida cotidiana lo que  no decimos tiene la misma importancia, sólo que es raro tenerlo en cuenta. Hay momentos muy claros: ¿quién no se ha enfrentado al mutismo hiriente de alguna persona cercana “a la que no le pasa nada” pero no nos habla? Sabemos que algo pasa, sabemos que probablemente quiere  contar algo que se ha quedado atascado por diversos motivos, pero cuesta mucho tener acceso a ello. Es un mecanismo tan sutil, tan inaccesible que muchas discusiones comienzan por el famoso: “estás muy callada/o ¿te pasa algo?

  Si esto supone un problema, es casi más preocupante el estimar que la verdad es siempre lo que se verbaliza, y no dar importancia a las cosas que no se dicen. Sin embargo, nuestros esquemas mentales están preparados para dar crédito absoluto a los declarativos de terceros y a no ser que se haga un esfuerzo intenso explícito, lo omitido no tiene importancia. 

   Las madres, los padres,  suelen tomarse muchas molestias en conseguir establecer una buena comunicación con los hijos: les hablan, les cuentan cuentos, les preguntan qué tal en el cole, o con los abuelos, o si se lo han pasado bien en el cumpleaños… todo esto es fantástico. Incluso desde hace unos años a esta parte se está tomando conciencia de la mucha importancia que tiene la comunicación temprana y cada vez más padres se deciden a hacer cursos de comunicación en lengua de signos para poder adecuar sus respuestas a los requerimientos de los niños desde que son pequeños. Insisto, todo esto redunda en la fluidez de las relaciones siempre que no se nos olvide la importancia de lo que no se cuenta.
  Y es que seguro que muchos han sentido cierta sensación de temor cuando, por ejemplo, un amiguito del hijo cuenta lo bien que se lo han pasado en una fiesta especial en el cole en la que hicieron algo distinto, por ejemplo. Y las dudas asaltan ¿por qué no me ha contado nada?¿habrá pasado algo? ¿qué le preocupa, por qué no confía en mi?

  Es una sensación displacentera, pero si somos capaces de darnos cuenta de que las cosas más importantes de nuestra vida tampoco nosotras solemos verbalizarlas, podremos relajarnos y apreciar los matices en las distintas situaciones.Las cosas que se nos quedan grabadas no suelen ser explícitas: son ejemplos y actitudes que van más allá de las palabras. Cómo reaccionamos, cuándo acariciamos, cómo sostenemos o simplemente cómo estamos disponibles son formas de comunicación muy potentes a las que normalmente no prestamos atención. 
 
Cuando creías que no te veía… te vi poner mi primer dibujo en la puerta de la nevera y corrí a hacer otro.
Cuando creías que no te veía… te vi poner alimento en el platito del gato y aprendí que es bueno cuidar de los animales.
Cuando creías que no te veía… vi lágrimas salir de tus ojos y aprendí que algunas veces las cosas duelen, pero está bien llorar.
Cuando creías que no te veía… te vi hacer mi postre favorito y aprendí que las cosas pequeñas son las que hacen la vida especial.
Cuando creías que no te veía… te sentí darme un beso de buenas noches y me sentí amado y protegido.
Cuando creías que no te veía… Te vi dar tu tiempo y dinero para ayudar a gente que no tenía nada y aprendí que los que tienen deben ayudar a los que no tienen.
Cuando creías que no te veía… te vi cuidar de la casa y de nosotros y aprendí que debemos cuidar de lo que nos ha sido dado.
Cuando creías  que no te veía, te escuche decir una oración, y sentí que existe un Dios al que siempre le podré hablar.
“Gracias: mamá, papá, hermano, hermana, amigos, abuelos,  etc…
por todas las cosas que aprendí cuando creías que no te veía”
Autor Desconocido

  María Montessori también reconoció la importancia del silencio; junto con la concentración y el orden los considera básicos para lograr la autodisciplina y el autocontrol necesarios para llegar a ser adultos pacíficos y completos.

Hagamos en silencio, transmitamos amor en silencio y atrevámonos a intuir en silencio… ¿notamos algún cambio?

Beatriz Coronas, psicóloga. 

viernes, 19 de abril de 2013

CONDICIONANDO EL FUTURO



Hace unos días presencié una conversación entre una madre y su hija, después de una discusión, en la que ella (la madre) le decía: 

-          “si ya sabes que yo te quiero mucho, pero cuando te portas bien…”

Así, leído en frío, lo vemos como una barbaridad, pero ¿de verdad a estas alturas nos pueden sorprender estos comentarios? Posiblemente sea el modelo materno-filial más habitual; desde luego es el modelo conductista que Supernanny, Estivill y compañía proponen en sus “métodos” y que luego miles de familias reproducen con más o menos éxito. Es bastante probable incluso que muchos padres y madres de familia lo hayan escuchado de sus propios progenitores y, lo que es peor, que lo lo hayan creído. 

Yo personalmente prefiero al Doctor Jekyll dicendo eso tan archiconocido de “Quiéreme cuando menos lo merezca, que será cuando más lo necesite” (R. L. Stevenson). Y es que si negamos la posibilidad de errar, de enfadarnos, de sentirnos humanos, estamos negando la posibilidad de decidir, y con ello, de crecer. Pero los adultos lo hacemos con bastante frecuencia: 

-          ¿No me das un besito? ¡ay! Qué triste me pongo, voy a llorar!
-          He estado cocinando toda la tarde, y tu ahora no comes nada…
-          Me encanta cuando me ayudas y recoges todos tus juguetes. 

El problema es que nos han hecho creer que todo en esta vida funciona a base de condicionamiento operante, de estímulo y refuerzo, y que además, lo podemos controlar, y que podemos modelar la conducta de los niños a base de castigos y refuerzos. Incluso hay gente que dice: “no, castigar no, pero hacer refuerzos positivos sí, claro”. Bueno, pues depende. Es muy simplista pensar que podemos modificar el comportamiento humano con la misma facilidad que el de una paloma en ambientes no controlados, como los de un laboratorio, pero esa es sólo una de las grandes críticas que se puede hacer al conductismo aplicado a los niños (el “conductismo fashion” que dice Rosa Jové):

Una crítica es que cuando sucede “algo” en lo que nosotros (los adultos) nos fijamos, también ocurren muchas otras cosas alrededor, antes, durante y después, que nos pueden  pasar desapercibidas pero que están ahí y que también influyen. Cuando estudié la carrera hice cientos de horas de observación (a bonobos, a niños, a adultos…) y era muy interesante comprobar que realmente era dificil que varias personas estuvieran absolutamente de acuerdo en lo que había sucedido,en lo de antes y lo de después. Esto, en entornos muy controlados ¿cómo exportarlo a lo que ocurre en una casa? Y el problema de esto es que el condicionamiento depende de unas variables muy precisas, que si fallamos en ella, falla el refuerzo de aquello que esperamos conseguir. Esto le pasó, INSISTO, en condiciones  muy estrictas de laboratorio, a Skinner y a alguna de sus palomas. 



Por otro lado, es terrible que queriendo reforzar conductas positivas silenciemos los fallos, los errores o actitudes que A LOS ADULTOS no nos gustan. Y es que si no acompañamos a los pequeños en la búsqueda de sus propias respuestas, en el afrontamiento de las consecuencias reales de sus actos ¿en qué estamos educando? En la competencia salvaje, en la individualidad y en el menosprecio a los sentimientos… estos, casualmente (o no) son algunos de los motivos que nos hacen estar encallados en la situación social en la que estamos. 
 
Del blog "Esas pequeñas cosas"
Y lo que realmente resulta peligroso de condicionar es que los aprendizajes no son elaborados, elegidos; se graban a fuego en la mente, sin análisis, sin valoración. No es una educación crítica y preparada para mejorar. Curiosamente, esto también lo explica muy bien un experimento de los primeros conductistas: en una jaula con el suelo electrificado metían a varios monos. Del techo pendían unos plátanos que en realidad eran unos sensores: cuando un mono cogía un plátano, los que estaban en el suelo recibían una descarga eléctrica. Los monos aprendieron pronto y molían a palos a aquel compañero que intentara comer. Cuando la conducta estuvo bien asentada, introdujeron otro mono que por supuesto, recibió la consabida paliza cuando intentó coger los plátanos. Poco a poco fueron reemplazando todos los monos del principio por monos nuevos que también intentaban comer plátanos antes de ser “persuadidos”, incluso por aquellos simios que no habían recibido descarga eléctrica ninguna. Al acabar el experimento, ningún mono había sido condicionado mediante descargas, pero no dudaban en atacar a aquel ignorante que tuviese pensado subir. 

Aquí  podéis ver una réplica del experimento de los monos y los plátanos, son apenas dos minutos y está subtitulado. 

¿Así queremos educar? ¿En el miedo, en la irreflexión? Pensemos en que lo que aprenden en los primeros años durará para toda la vida. ¿De verdad que lo que les queremos entregar para que salgan al mundo es una mochila llena de supersiticiones?

Beatriz Coronas, psicóloga.