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viernes, 17 de mayo de 2013

Shhhhhhhh...

  Ya Freud hizo notorio hace mucho tiempo de la importancia que los silencios, entendidos como la ausencia de palabras durante una conversación, tenían durante las sesiones de terapia. En la actualidad, cualquier terapeuta presta tanta atención a las palabras dichas como a las que se tapan: los silencios y las omisiones, mediados por el lenguaje no verbal, ofrecen muchos matices a los que no podríamos acceder sólo con el lenguaje oral. 

  En la vida cotidiana lo que  no decimos tiene la misma importancia, sólo que es raro tenerlo en cuenta. Hay momentos muy claros: ¿quién no se ha enfrentado al mutismo hiriente de alguna persona cercana “a la que no le pasa nada” pero no nos habla? Sabemos que algo pasa, sabemos que probablemente quiere  contar algo que se ha quedado atascado por diversos motivos, pero cuesta mucho tener acceso a ello. Es un mecanismo tan sutil, tan inaccesible que muchas discusiones comienzan por el famoso: “estás muy callada/o ¿te pasa algo?

  Si esto supone un problema, es casi más preocupante el estimar que la verdad es siempre lo que se verbaliza, y no dar importancia a las cosas que no se dicen. Sin embargo, nuestros esquemas mentales están preparados para dar crédito absoluto a los declarativos de terceros y a no ser que se haga un esfuerzo intenso explícito, lo omitido no tiene importancia. 

   Las madres, los padres,  suelen tomarse muchas molestias en conseguir establecer una buena comunicación con los hijos: les hablan, les cuentan cuentos, les preguntan qué tal en el cole, o con los abuelos, o si se lo han pasado bien en el cumpleaños… todo esto es fantástico. Incluso desde hace unos años a esta parte se está tomando conciencia de la mucha importancia que tiene la comunicación temprana y cada vez más padres se deciden a hacer cursos de comunicación en lengua de signos para poder adecuar sus respuestas a los requerimientos de los niños desde que son pequeños. Insisto, todo esto redunda en la fluidez de las relaciones siempre que no se nos olvide la importancia de lo que no se cuenta.
  Y es que seguro que muchos han sentido cierta sensación de temor cuando, por ejemplo, un amiguito del hijo cuenta lo bien que se lo han pasado en una fiesta especial en el cole en la que hicieron algo distinto, por ejemplo. Y las dudas asaltan ¿por qué no me ha contado nada?¿habrá pasado algo? ¿qué le preocupa, por qué no confía en mi?

  Es una sensación displacentera, pero si somos capaces de darnos cuenta de que las cosas más importantes de nuestra vida tampoco nosotras solemos verbalizarlas, podremos relajarnos y apreciar los matices en las distintas situaciones.Las cosas que se nos quedan grabadas no suelen ser explícitas: son ejemplos y actitudes que van más allá de las palabras. Cómo reaccionamos, cuándo acariciamos, cómo sostenemos o simplemente cómo estamos disponibles son formas de comunicación muy potentes a las que normalmente no prestamos atención. 
 
Cuando creías que no te veía… te vi poner mi primer dibujo en la puerta de la nevera y corrí a hacer otro.
Cuando creías que no te veía… te vi poner alimento en el platito del gato y aprendí que es bueno cuidar de los animales.
Cuando creías que no te veía… vi lágrimas salir de tus ojos y aprendí que algunas veces las cosas duelen, pero está bien llorar.
Cuando creías que no te veía… te vi hacer mi postre favorito y aprendí que las cosas pequeñas son las que hacen la vida especial.
Cuando creías que no te veía… te sentí darme un beso de buenas noches y me sentí amado y protegido.
Cuando creías que no te veía… Te vi dar tu tiempo y dinero para ayudar a gente que no tenía nada y aprendí que los que tienen deben ayudar a los que no tienen.
Cuando creías que no te veía… te vi cuidar de la casa y de nosotros y aprendí que debemos cuidar de lo que nos ha sido dado.
Cuando creías  que no te veía, te escuche decir una oración, y sentí que existe un Dios al que siempre le podré hablar.
“Gracias: mamá, papá, hermano, hermana, amigos, abuelos,  etc…
por todas las cosas que aprendí cuando creías que no te veía”
Autor Desconocido

  María Montessori también reconoció la importancia del silencio; junto con la concentración y el orden los considera básicos para lograr la autodisciplina y el autocontrol necesarios para llegar a ser adultos pacíficos y completos.

Hagamos en silencio, transmitamos amor en silencio y atrevámonos a intuir en silencio… ¿notamos algún cambio?

Beatriz Coronas, psicóloga. 

sábado, 12 de enero de 2013

Niños con talento


No sé si el hecho de pasar por un sistema educativo tan compartimentado en áreas y cursos, si los miedos de los padres por el futuro de los hijos, si la influencia de los medios de comunicación en estos tiempo de crisis, si nuestras proyecciones sobre los menores para que tengan "un futuro mejor que el nuestro"...

La cuestión es que existe una especie de obsesión por el nivel de los niños en la escuela, por las notas, por las actividades extraescolares para complementar aprendizajes, por los deberes. Y con tanta obsesión estamos perdiendo de vista quiénes son los niños, quiénes son nuestros hijos: los convertimos de lunes a viernes en sujetos de aprendizajes evaluando su actividad escolar, igualando su valor como personas con su rendimiento académico.

Puede que por esa falta de perspectiva y esos miedos tan arraigados muchos adultos se sorprenden cuando hablo de la aficción de mi hija mayor por los caballos, de sus pequeños ahorros para actividades de equitación o para comprarse un caballo más adelante... como si fueran cosas de niños, fantasías, o cosas de adultos, impropias de un niño.

Y la verdad es que a mí no me preocupa en absoluto si conseguirá alcanzar ese sueño o no: simplemente en la medida de nuestras posibilidades apoyamos su inquietud y su iniciativa. Porque estamos convencidos de que puede alcanzar lo que ella desee, más allá de sus buenas o malas "notas". Porque creemos en el talento de cada niño, en que cada uno tiene habilidades y dones que despuntan muy pronto y que, bien acompañados, se convierten en aficiones y con el tiempo en el trabajo o actividad que hace vibrar a una persona y sentirse plenamente desarrollado.

No tengo ninguna duda de que mis hijos llegarán allá donde ellos quieran, que pueden dedicarse a lo que más les guste, que existen muchos modos de aprender, crecer y educarse, proyectar y aportar.

Me niego a definirlos por su comportamiento en la escuela, su capacidad para resolver problemas matemáticos o lo que tarden en aprender a leer.

Todos los niños tienen talento.

Maria Pilar Gómez San Miguel, madre, maestra y asesora familiar


viernes, 24 de agosto de 2012

Hasta que los hijos nos separen


Cuando éramos novios y vivíamos con nuestras respectivas familias todo era romántico y nuevo. Cuando empezamos a vivir juntos todo seguía siendo nuevo y romántico. Cuando nació nuestra primera hija la experiencia era nueva, el romanticismo no tanto. ¿Qué fue pasando?

En la construcción de nuestra familia hemos pasado por varias fases: los comienzos estuvieron llenos de novedad, ternura por el recién nacido, aprendizajes, descubrimientos, e incluso las horas sin dormir las llevamos con soltura y energía sobradas. Con más niños es más complejo compaginar la atención a las necesidades de cada criatura, las propias, encontrar momentos para la pareja y organizar la intendencia del hogar.

En los foros de maternidad -porque son las mujeres las participan mayoritariamente y buscan respuestas para la crianza de sus hijos- muchas madres se quejan de la falta de apoyo de sus parejas, e incluso hablan de enfrentamientos directos o conflictos diarios con éstos por cuestiones relativas a la alimentación, la lactancia materna, el modo de relación con los niños, el colecho...

Nuestro secreto para compartir un estilo de crianza común fue leer ambos el mismo libro, lo que supuso una apertura hacia un estilo diferente. A partir de ahí no dejamos de preguntarnos por el mejor modo de realizar nuestra tarea como padres. Ahora mismo existe una complicidad muy grande, una comprensión profunda de los puntos débiles del otro y sobre todo, un compromiso serio por cultivar el amor mutuo, cuidando de no convertirnos únicamente en "padre" y "madre" dejándonos absorber por el día a día de nuestra familia numerosa, puesto que cada uno somos más que nuestro rol parental y la relación de pareja sigue teniendo entidad propia.

Los principales obstáculos que experimentamos para una relación de pareja sana cuando tenemos hijos a nuestro cargo:

-la insatisfacción personal con la propia vida, que lleva al desánimo y el malhumor constantes, no tener claro qué quiero hacer con mi vida, dejar pasar los días sin dar salida a mis inquietudes y dones, convierte el hogar en un lugar de enfrentamiento por cuestiones pequeñas, enfrentamientos que revelan que estamos a disgusto, aunque solemos proyectarlo en la otra persona, e incluso en los niños

-la falta de flexibilidad en las costumbres, porque ¿realmente es tan importante que el trapo de la cocina quede colgado del grifo al acabar el día?

-la escasa comunicación con la pareja, por falta de tiempo y sobre todo por relajarnos en la implicación con la relación

-mantener un nivel de comunicación superficial, basado en contarnos lo que hacemos a diario, charlar sobre los amigos y la familia o la actualidad

-dar por supuesto que la otra persona sabe cómo nos sentimos, que nota nuestro desacuerdo, cansancio o necesidad de apoyo; efectivamente no es así, lo cual nos frustra y aumenta la incomunicación y los conflictos

-convertir el cuidado de los hijos en el centro de mi vida, dejando desatendidas otras facetas de mi persona y por supuesto la relación amorosa

Hay algunos puntos clave para una relación positiva cuando se tienen hijos, muchos son conocidos por casi todo el mundo -lo que no implica que se pongan en práctica todo lo necesario-:

-dialogar juntos sobre la crianza de los niños antes de tenerlos, buscar información para compartir criterios educativos


-comunicar las dudas, alegrías y frustraciones que vivas a lo largo de la relación de pareja y familiar, para no acumular sentimientos negativos hacia la otra persona

-tener momentos para el diálogo personal, sin niños, para compartir aficiones y tiempos de relax

-tener proyectos personales propios de la índole que sean, de modo que la vida de familia no sea tu única ocupación

-si hay algo que marca la diferencia es la comunicación: muchas de nuestras conversaciones podríamos tenerlas con amigos e incluso conocidos; si se trata de un nivel más profundo de comunicación entonces llegamos a los sentimientos y emociones, y en el último nivel se encuentran nuestros deseos y proyectos, nuestras inseguridades y esperanzas, experiencias de infancia, etc. Cuando cuentas lo que te ocurre, preocupa, sueñas, inquieta, divierte... el mensaje que recibe la otra persona es que es importante en tu vida, así que dí lo que sientes, qué te hace sentir inseguro y dudar, cómo quieres que sea vuestra familia, qué vas a hacer para contribuir a ello, cuál es el proyecto con el que sueñas...

Lo que no se nutre acaba muriendo, si imaginamos que nuestra pareja sobrevivirá a base de rentas de experiencias pasadas podemos encontrarnos con el tiempo inmersos en una relación gastada, sentirnos sin ilusión y lejanos de quien era parte fundamental de nuestro día a día y nuestro mayor socio en el empeño vital de crear una familia. De ambos depende que esto no sea así.

Maria Pilar Gomez San Miguel
Crianza en Familia

sábado, 26 de mayo de 2012

Mujeres y mujeres


Anoche, haciendo un poco de zapping po los canales más conocidos en España me topé con un par de programas en los que los protagonistas principales eran mujeres: el reality show "Me cambio de casa" y el docushow "Baby boom".

Dejando a un lado la cuestión de la elección de los protagonistas para aumentar el espectáculo, y de que la intención de dichos programas es conseguir audiencia, me pareció revelador el papel que tenemos las mujeres en nuestra libertad, y cómo perpetuamos nuestra situación de sometimiento o incluso maltratamos a otras repitiendo patrones masculinos y actitudes escasamente respetuosas con la dignidad que toda persona tiene, sea hombre o mujer.

En el primer programa una de las mujeres vive sometida en el ámbito familiar, porque cree que su papel es servir a los hombres de su casa, porque se siente culpable si no cumple el papel para el que nació. Porque además cree no tener posibilidades de sobrevivir por sí misma y de ese sometimiento obtiene protección, amparo económico y estabilidad.

En el segundo, mujeres ejercen presión sobre otras mujeres en situación vulnerable durante el parto, como una forma de control y empleando violencia emocional, quizá semejante a la que sufrieron ellas en momentos semejantes o bien reproduciendo modelos masculinos.

La responsabilidad de sus actos no se ciñe únicamente a su propia vida, en ambos programas las protagonistas están rodeadas de niñas en crecimiento y formación como personas, o de otras mujeres jóvenes que necesitan amparo, cuidado, cercanía y sensibilidad. ¿Qué dificultades añadidas tendrán éstas
para cambiar el papel protagonista que tienen en su propia vida con modelos así?

Mientras peleamos en la esfera pública porque desaparezcan la homofobia, las desigualdades laborales y el sometimiento, el papel que las mujeres tenemos en nuestro propio desarrollo y en el del colectivo femenino en general dificulta los procesos de liberación, y lo que aún nos queda por hacer, que es descubrirnos a nosotras mismas y nuestra dignidad personal.

Maria Pilar Gómez San Miguel
Crianza en Familia



viernes, 27 de abril de 2012

Emociones en familia





Hace unos días haciendo la compra escuché el llanto de un niño, al fijarme en él me pareció que tendría 3 ó 4 años, caminaba al lado de su madre agarrándola el pantalón y diciendo algo difícil de entender. Al pasar junto a mí la madre se agachó un poco, le retiró la mano del pantalón y le dijo: "¡No quiero saber nada de ti!¡Payaso!".

Me sorprendió el tono de rabia de la madre y procuré imaginarme en una situación en la que alguien me dijera esas palabras. No sé qué motivó el enfado de esa mujer, pero me pareció que su tono y su calificativo resultaban hirientes.

Nos molestamos porque nuestros niños se enrabietan, y esperamos que gestionen sus emociones de un modo proporcional, equilibrado, que no nos moleste en demasía. Y cuando la rabia nos inunda no somos precisamente ejemplo de gestión sana de las emociones; lo preocupante es cuando descargamos en nuestros hijos y les faltamos al respeto olvidando su dignidad. Muy a menudo los culpamos de nuestro descontrol ("¿ves?, ya me has hecho enfadar") cuando los responsables únicos de las expresión de esas emociones somos nosotros. Pensar que el equilibrio personal y emocional depende de lo que encontremos fuera es una trampa en la que caemos con facilidad porque nos parece una salida fácil. Sin embargo es esencial que tomemos el control y el timón de nuestra energía emocional puesto que es peligroso dejar en manos de otros o de las situaciones externas algo tan importante como es nuestro equilibrio emocional.

La vida familiar es plena y placentera cuando cada miembro de la misma se responsabiliza de sus acciones, sentimientos, emociones y pensamientos; cuando se permite sentir cosas desagradables y dolor; cuando expresa y se comunica genuinamente con los demás. Y ahí los adultos somos guía para los niños.

Maria Pilar Gomez San Miguel

viernes, 16 de marzo de 2012

Y... ¿CÓMO SE LLEGA A CRIAR CON APEGO?



Visto lo visto, una de las cosas que hay que reconocerles a las familias que crían desde el respeto es, además de lo obvio, el hecho de que persistan en ello. Y es que el panorama es desolador... los consejos vuelan en todas direcciones y muchas veces disfrazan el mensaje “lo estás haciendo fatal”. Entonces ¿qué es lo que hace que muchas mujeres se mantengan y no sucumban ante la presión de grupo? Y sobre todo ¿de qué depende que no se desmoronen y sigan confiando en sí mismas?

Ya hemos hablado otras veces de la importancia de “la tribu” ya sea ésta presencial o virtual. Y precisamente es a través de las asociaciones familiares, de los grupos de apoyo y de las reuniones de crianza dónde se pueden observar muchos tipos de mujeres-mamás muy distintas pero que comparten caminos similares... y mujeres similares que afrontan las dificultades de la crianza de formas muy diferentes. Esto ¿de qué puede depender? Lo que se propone a continuación es que quizá no lo hace tanto de características de personalidad como de la forma en la que se conoce o se llega hasta la crianza respetuosa.

Se van a exponer cinco tipos de acceso a la crianza, con sus características, los problemas que suelen encontrarse y la forma de solventarlos. Obviamente, no es un estudio exhaustivo ni una suerte de diagnóstico, sino apreciaciones personales después de años de experiencia con grupos de apoyo. Probablemente todas las mujeres tengan algo de cada una. Posiblemente nadie se vea reflejada con toda certeza, y quizás nadie reconozca ninguna característica común con ella misma. Pero es esperable que casi todas tengan una interesante mezcla en su forma de llegar a la crianza con apego y, por tanto, de maternar. 

Pertenecer a uno u otro grupo no es ni bueno ni malo. Se llega y esa es la victoria. Pero saber cuáles pueden ser los puntos flacos quizá sí sea beneficioso para la autodefensa ante opiniones no pedidas o pequeños contratiempos cotidianos. Con esa intención y no otra, está escrito este artículo. No se trata ni de etiquetar ni de señalar.

  • Una de las formas de conocer la crianza con apego es hacerlo de forma intelectual: se llega a través de una dedicación al aprendizaje exhaustiva. En muchas ocasiones son personas con formación (generalmente de tipo no formal o informal, pues en la educación formal no es la "mejor vista" de las opciones)  sanitaria, educativa o humanística previa, pero cuando no es así y proceden de otros campos, el nivel de competencia que alcanzan es altísimo. Es habitual que estén interesadas en varias áreas de la crianza, que lo disfruten e incluso que en ocasiones cambien su perfil profesional para acercarse más al mundo infantil. Suelen ser personas positivas y optimistas, con recursos y con capacidad de buscar alternativas, ante las críticas siempre tienen una respuesta. Por el contrario, para ellas puede ser muy duro aceptar en ocasiones que algo “no funciona”, pues lo viven como un fracaso personal y cargan con mucha culpa. Puede ayudarles el comprender que una crianza es una carrera de fondo, que lo importante no es hacer cosas “que funcionen” para obtener buenos resultados, sino establecer bases firmes; y además, trabajar la diferencia entre “culpa” y “responsabilidad”, asumiendo que no se pueden controlar siempre todas las variables.
  • En otras ocasiones se llega escapando de la propia experiencia personal. Al tener un hijo se reabren las heridas recibidas en la infancia (y no estamos hablando únicamente de malos tratos físicos): la educación recibida, los valores, la actitudes cobran una nueva dimensión, se ven de otra manera y nuevas necesidades salen a la luz: se intenta sanar al niño interior a base de cuidar al nuevo bebé, pero esto puede desestabilizar el equilibrio personal cuando hay algún tipo de problema; aparecen preguntas como “¿por qué haces esto si siempre te he tratado bien?” o “¿en qué he fallado?”. Estas personas hacen mucho énfasis en sus propias actitudes y no suelen tener en cuenta los procesos madurativos de los hijos. Además, ante estas dificultades se reabren las heridas y existe un sufrimiento adicional. Actividades de sanación emocional son insdispensables.
  •  Hay una variante en la experiencia personal, y es esa que se manifiesta cuando se recuerda la infancia como feliz y amorosa y lo que se busca es la repetición de esas condiciones para los hijos. Una buena relación con el niño interior provoca una reflexión sobre la práctica bastante más condescendiente que la anterior, se entiende que hay fases en la maduración, que hay situaciones que se viven de forma transitoria y que “todo pasará”.
  • La organización social actual no facilita la inclusión de los hijos en la vida cotidiana, y no es fácil “hacer piña” con otras madres. Así que en ocasiones, una madre encuentra que su grupo de referencia más cercano, por cercanía, vecindad o familiaridad, cría con apego, con lo cual llega allí a través del “acogimiento”, por casualidad o por simpatía. Esto ocurre principalmente al tener niños recién nacidos o de pocos meses, cuando hay más dudas. En general, es gente práctica, que aprovechan lo bueno que ven y descartan aquello que no les interesa, que no cuadra con su estilo de vida o que les remueve más de lo necesario. En ocasiones permanecen algo al margen del grupo; en otras se sienten cuestionadas y la forma de escapar es presentar problemas recurrentes: por ejemplo, lactancias fracasadas por causas difusas en repetidas ocasiones. No hay una reflexión profunda sobre las dificultades auténticas, aparecen las incongruencias y se cede a la presión externa con facilidad. No suele mantenerse una auténtica crianza respetuosa a lo largo del tiempo, aunque sí se pueden conservar algunas características importantes, de forma inconexa. 
  • A veces ocurre que media una cuestión “estética”, o de moda en la asunción de patrones de crianza. Suele darse estando ya embarazada y buscando información, y habitualmente les sucede a mujeres activas y curiosas... comparando distintas opciones aparece una simpatía o gusto estético por alguna características muy concreta de la crianza, y ello la acaba arrastrando hasta otras con las que comparten espacio. Por poner un ejemplo: es raro que una mujer que decida disfrutar de su bebé llevándole en un portabebé opte como primera opción por una lactancia artificial. Además, estas mujeres suelen parecer muy seguras de sí mismas y con mucha fortaleza personal. El problema de esta “inmersión” es que en ocasiones se va haciendo muy extrema en los comienzos, pero luego flaquea con cierta facilidad cuando los niños comienzan a tomar sus propias decisiones y a separarse en la díada mamá-bebé. Esto puede desestabilizar a las familias, que comparten momentos de muchísimo apego con otros de cierta lejanía y sobre todo, cansancio y frustración ante la tarea. Pueden aparecer resentimientos hacia el pequeño o tristeza por las costumbres “perdidas”. Recordar que el tiempo pasa volando y que se debe buscar tiempo para el autocuidado ayuda a recobrar el equilibrio, así como aceptar los errores y los puntos más débiles. 
  • Por último, en ocasiones, la crianza con apego simplemente “surge”. No importa cuáles sean las ideas de partida, dónde esté montada la cuna o las opiniones de la suegra. Si el bebé llora y se calma al meterlo en la cama, allí se queda... y ya habrá tiempo al día siguiente para buscar en internet si eso está bien, mal, lo hace más gente o cómo se llama. Simplemente, las necesidades más básicas llaman a los instintos más primales y si la mujer está conectada con ella misma, simplemente surgen. La frase que mejor resume a estas mujeres es algo así como: “ pues es que yo pensaba XXXXXXXXXXX PERO DE REPENTE TODO CAMBIÓ”. Por supuesto, para poder lograr esta conexión la madre debe tener estabilidad emocional... incluso en entornos “hostiles”, el instinto acaba brillando.
¡A las madrigueras! (reproducción prohibida)

Ya se ha comentado antes que ninguna forma de llegar es a priori mejor que otra, y que todas aparecen de alguna forma en la mayoría de las mujeres, pero esta última manera de llegar parece especialmente reconfortante... ¿no sería bonito pensar que TODAS las madres son capaces de cubrir las necesidades de sus hijos simplemente escuchando su cuerpo? Porque no se debe olvidar una cosa: respetar a los hijos es respetar al niño que todavía llevamos dentro.

Beatriz Coronas, psicóloga.

P. S. Quiero agradecer a todas las mujeres con las que comparto problemas, risas, lactancias, favores, abrazos, conversaciones, confesiones...aprendo muchísimo diariamente gracias a ellas. Esta vez, ha sido especialmente Y. la que me ha hecho ser consciente de lo valioso de ser tan distintas y a la vez, tan cercanas. Mil gracias.

jueves, 8 de marzo de 2012

Taller online "Acopaña sus sueños": 22 de marzo


El próximo 22 de marzo únete al resto de miembros de la Comunidad en el taller online "Acompaña sus sueños. Como ayudar a tu adolescente a desarrollar todo su potencial".
A través de la Comunidad y de nuestro grupo cerrado de Facebook, te indicaré los pasos para poder participar en el mismo.

viernes, 20 de enero de 2012

Disfrutando del camino

Siempre me ha gustado observar a los niños. No tanto interaccionar con ellos como mirarlos y dejarme sorprender. Hace algunos años, en un parque al que solía ir a leer, vi unas niñas de unos ocho o diez meses acompañadas de sus madres. Se aferraban como podían a un tobogán que tenía en un lateral una rampa con muescas para trepar y subir. Las madres hablaban entre ellas mientras atendían a las niñas. Una de ellas le sujetaba de los brazos o del culete para ayudarle a subir la rampa y después la sentaba en el tobogán para bajar, una y otra vez, con la paciencia que sólo un niño puede provocar. La otra mamá permanecía sentada en el suelo, o en cuclillas cerca de su hija, mientras ésta intentaba ponerse de pie y dar algunos pasos alrededor del tobogán. En ese momento, esa niña me dio un poco de pena... seguro que le encantaría probar el tobogán.

Meses después volví a ver al grupo casi al completo. La primera nena iba esta vez con su abuelo, que le sujetaba con amor de los brazos o del culete para ayudarle a subir la rampa y después la sentaba en el tobogán. La otra nena iba con su madre, que permanecía de pie, a unos pasos del columpio. La nena trepaba por la rampa una y otra vez, subía y bajaba, siempre por la rampa. Oí que el abuelo de la primera niña le decía a su nieta: “¿ves? Tienes que aprender a subir así por la rampa tú solita”. Y después, se dirigía a la amiguita: “pero no bajes por ahí, tírate por el tobogán tu también”. Siempre entre risas y abrazos, siempre con ternura.

Lo que realmente me llamó la atención y me hizo pensar fue que cuando se iban a marchar, la mamá de la escaladora le indicó a la pequeña: “¡mira, ahí viene papá!” y vi por primera vez a esa niña tirarse como loca por el tobogán, sin miedo, para ir corriendo a los brazos de su padre.

No fue hasta un poco después que descubrí dos libros que enmarcaron esta experiencia que quizás de otra forma hubiera olvidado. Uno de ellos fue El concepto del continuum de Jean Liedloff. El otro, Moverse en libertad de Emmi Pikler. Las y los que conozcáis estas obras ya sabréis “de qué otras formas” integré esa experiencia y a los demás os invito a leerlos y a valorar la historia anterior de nuevo. Sin embargo, hay una cuestión a la que hoy en día sigo dándole vueltas: el hecho de valorar el proceso de lo que llevamos a cabo.

Rebeca López,  Kisikosas
 A la niña de mi relato se le ha permitido, gracias al tiempo y a la libertad de movimientos, desarrollar habilidades que muchos adultos valoramos: la constancia, la concentración, la capacidad de superación, la autonomía, la tan traída y llevada capacidad de “frustración”... pero, sobre todo, está aprendiendo a disfrutar del camino. Cuando a una persona no se le ofrecen más ayudas de las que necesita, cuando no se le “ponen muletas”, la capacidad de superación innata tiende a aflorar de una forma constructiva. Es vital para el ser humano (sobre todo cuando no está “taponado” como en la mayoría de los adultos) experimentar, probar y desarrollar nuestras habilidades a través de los procesos, y no únicamente de conseguir una meta.

Los adultos nos proponemos tareas en forma de meta: queremos estudiar una carrera para ejercer, pero a la mayoría la tarea diaria de superar asignaturas nos es pesada, por eso existen los exámenes. Se supone que nos gusta ganarnos la vida trabajando en lo nuestro, pero a muchos tienen que fichar a la entrada y a la salida para comprobar que acuden. Nos interesamos mucho por los fines y no tanto por los medios. Los investigadores le han puesto nombre a este fenómeno: nos hablan de motivación intrínseca y extrínseca e insisten en que cuánto más “internas” son las ganas de hacer algo, más posibilidades tiene de perdurar en el tiempo y de generalizarse.

Los  niños pueden pasar horas en una actividad que les llene, que no necesariamente tiene que ser el juguete educativo que les hemos comprado y que no les entretiene. Sólo hay que permitírselo. Pensemos en cuántas situaciones a diario “cortamos” porque tenemos prisa... y algún tiempo después les exigimos que realicen por sí solos, como vestirse o atar el cinturón de seguridad del coche: son actividades que casi todos los niños prueban y que los adultos muchas veces hacen por ellos “porque tardan mucho”. Para ellos no es importante el hecho de terminar vestidos, o atados, sino el momento de manipular, de hacer cómo... de hacer el camino.

Potenciemos entonces ese instinto para evitar adultos que posponen y que sufren por las obligaciones, que no valoran el trabajo, que no disfrutan con las tareas. Ya que estamos, intentemos no interrumpir.