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martes, 5 de noviembre de 2013

Los 8 hábitos de la gente altamente efectiva.

Hace algunos años me compré el libro de Stephen Covey, "Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva". Es un libro denso, con mucha información, que no siempre resulta fácil de leer.

Hace poco encontré una versión en vídeo y la compartí con mis clientes VIP Atenea, aquellas mamás a las que asesoro en un programa especial que tengo de mentoring privado para mamás emprendedoras. Es esta:
 
 

 

Es muy interesante, pero es bastante larga, más de 4 horas, así que buscando por YouTube encontré un resumen de los 7 hábitos, simplificando todo mucho, pero con la información esencial que todos necesitamos, y en menos de 8 minutos:
 


 

Y mirando un poco más pude encontrar, y así incluírtelo, el 8º hábito, que es el que engloba y expande todos los demás:
 


 
Espero que te resulten interesantes y que puedas ponerlos en práctica, porque realmente enfocarse en estos hábitos cambia tu vida.

Los hábitos son:
  1. Sé proactivo.
  2. Empieza con un fin en mente.
  3. Pon primero lo primero.
  4. Piensa en ganar/ganar. Hay abundancia para todos.
  5. Busca primero entender y luego ser entendido.
  6. Sinergiza. Un todo es más que la suma de sus partes.
  7. Afila la sierra.
  8. Encuentra tu propia voz y ayuda a otros a encontrar la suya.
Azucena Caballero

sábado, 12 de enero de 2013

Niños con talento


No sé si el hecho de pasar por un sistema educativo tan compartimentado en áreas y cursos, si los miedos de los padres por el futuro de los hijos, si la influencia de los medios de comunicación en estos tiempo de crisis, si nuestras proyecciones sobre los menores para que tengan "un futuro mejor que el nuestro"...

La cuestión es que existe una especie de obsesión por el nivel de los niños en la escuela, por las notas, por las actividades extraescolares para complementar aprendizajes, por los deberes. Y con tanta obsesión estamos perdiendo de vista quiénes son los niños, quiénes son nuestros hijos: los convertimos de lunes a viernes en sujetos de aprendizajes evaluando su actividad escolar, igualando su valor como personas con su rendimiento académico.

Puede que por esa falta de perspectiva y esos miedos tan arraigados muchos adultos se sorprenden cuando hablo de la aficción de mi hija mayor por los caballos, de sus pequeños ahorros para actividades de equitación o para comprarse un caballo más adelante... como si fueran cosas de niños, fantasías, o cosas de adultos, impropias de un niño.

Y la verdad es que a mí no me preocupa en absoluto si conseguirá alcanzar ese sueño o no: simplemente en la medida de nuestras posibilidades apoyamos su inquietud y su iniciativa. Porque estamos convencidos de que puede alcanzar lo que ella desee, más allá de sus buenas o malas "notas". Porque creemos en el talento de cada niño, en que cada uno tiene habilidades y dones que despuntan muy pronto y que, bien acompañados, se convierten en aficiones y con el tiempo en el trabajo o actividad que hace vibrar a una persona y sentirse plenamente desarrollado.

No tengo ninguna duda de que mis hijos llegarán allá donde ellos quieran, que pueden dedicarse a lo que más les guste, que existen muchos modos de aprender, crecer y educarse, proyectar y aportar.

Me niego a definirlos por su comportamiento en la escuela, su capacidad para resolver problemas matemáticos o lo que tarden en aprender a leer.

Todos los niños tienen talento.

Maria Pilar Gómez San Miguel, madre, maestra y asesora familiar


viernes, 21 de diciembre de 2012

APROVECHA LA NAVIDAD


A menudo se acusa a las familias que practican la crianza con apego de vivir en una burbuja: eligen a conciencia los sitios dónde ir con los hijos, las opciones de escolarización, la comida… y todas esas cosas, dicen algunos, impiden que los niños se enfrenten a la realidad, se frustren y aprendan de ello. Hay gente que, al haber crecido sintiendo la verdadera frustración son incapaces de reconocerlo todavía como una carga, y la única manera que tienen de darle forma es justificarla y aceptarla: “la vida es así, lo único que haces al (póngase aquí lo que proceda) es retrasar lo inevitable.”Pues no. Las familias intentan elegir lo mejor en cada momento para sus hijos, evitándoles en lo posible situaciones insanas para un crecimiento integral, pero los límites “naturales” están ahí, existen y no se pueden evitar, y las familias sanas pueden sacar provecho de ellas para aprender juntos.

Las fiestas navideñas son una de estas situaciones raras: alegres para unos, tristes para otros, en cualquier caso sí que podemos reconocerles que son capaces de generar cierto grado de desasosiego en casi cualquiera con sangre en el cuerpo: cambio de alimentación, de horarios, de comidas, saturación de visitas, de viajes, de regalos... es fácil que generen cierto estrés, en adultos y también en niños.

Hoy proponemos usar estas fechas para crecer, para darse cuenta de si lo que les exigimos a los niños responde a objetivos reales y ajustados a sus capacidades, o si sólo están pensados desde la adultocracia que generalmente se practica. También para demostrarles, con hechos y no sólo con razones, cómo abordar situaciones delicadas y salir airoso sin ofender. Y para ayudarles a afrontar situaciones que generan ansiedad sin desbordarse.

No es bueno comer tantas chuches. Es verdad, del azúcar refinado  generalmente se abusa. Pero está ahí y es una difícil resistirse. Los que no son golosos igual no lo ven tan complicado, pero se puede intentar hacer la prueba con cualquier otra tentación (por ejemplo, el vinito tan rico que siempre traen los cuñados). Los niños se pueden fijar mucho en cómo un adulto afronta la prueba de “la bandeja del turrón”. Se haga lo que se haga, ayuda verbalizarlo y darle forma comprensible para ellos: “voy a coger otro trozo de mazapán porque tomo dulces sólo los domingos (o los días de fiesta, o hace dos días…), así que hoy puedo”. O, por el contrario: “me encantaría comer otro alfajor, pero ya he comido uno (o ayer, o esta semana) así que mejor que no lo haga, para que no me duela la barriga (o se me caigan los dientes o, mejor todavía, la verdad: no es sano). Y no vale sólo decirlo, hay que hacerlo. No se puede coger el segundo trozo cuando se va a la cocina a ayudar a recoger: si no es bueno, no es bueno, para nadie.

No se pega. Cierto, está muy feo pegar, tanto física como verbalmente. Pero en las cenas de Navidad en ocasiones se presencian auténticos combates verbales al compás de noche-de-paz-noche-de-amor. Los adultos se suelen justificar: “es que tu cuñada siempre saca ese tema para picarme”, “es que mi suegro se pone pesadísimo con ese tema y al final, salto”. Los mayores suelen tener siempre una buena excusa para ponerse a gritar/mandar a paseo/cortar de malas formas a alguien, y sin embargo, son capaces de encontrar muchas alternativas que se podrían llevar a cabo antes de que un pequeño le dé un mordisco a otro: “eso no se hace, hay que hablar las cosas, tenéis la razón los dos, poneros cada uno en un sitio y así no os molestáis”, etc. Pues adelante: si no me llevo con mi tía Adela porque siempre me chincha, intentaré usar la asertividad para indicar que algo no me gusta y que además NO voy a tolerar que me caliente la cabeza delante de toda la familia en Nochebuena. Hay quien dice: “mejor una vez colorada que cien verde”, y tiene razón. Antes (mejor) o durante la cena advertiremos a la tía Adela que sus comentarios sobre el mal gusto que tenemos para elegir los nombres de nuestros hijos no nos gustan y no vamos a tolerarlos, aunque para ella sea muy divertido o lo haga sin maldad. Y lo haremos con una sonrisa, que para los enfados y las amenazas ya está la vida fuera del salón familiar. Y si es posible, que lo vean los pequeños: así  tendrán una herramienta más con la que defenderse.

Hay que comer de todo. Y a ser posible sin rechistar. Incluso la sopa de cebolla que nuestro cuñado nos hace año tras año, porque es sanísima, aunque a mí me repita y me fastidie el resto de la noche. Claro que también podemos intentar sonreír y apostar por el “seguro que está buenísimo, pero no es para mí, gracias”. O incluso probarlo, comer menos, pero darle una oportunidad y esperar al segundo o repetir postre. Así se estará ofreciendo una alternativa educada sobre cómo hacer con la comida que no nos gusta.

(Y mi favorita) Hay que compartir. Los pequeños no suelen tener demasiado problema en compartir juguetes cuando están pasando un buen rato con alguien que les gusta. Lo tienen cuando están cerca de otro que no lleva la misma onda y hay un conflicto por bienes limitados (dos niños y un solo muñeco, guerra asegurada); y sin embargo los adultos frecuentemente sugieren exigen que uno comparta con otro sólo porque están en una misma dimensión espacio-temporal. Bueno, pues lo mismo para los adultos: compartamos algo valioso con gente con la que no tenemos nada en común o a la que generalmente no tratamos, por ejemplo, nuestro tiempo. Quizá con la mente abierta y algo de escucha descubramos algo que nos sorprenda.  

Como se decía más arriba, son éstas unas fechas que generan cierta ansiedad. Si se asume por un adulto, se habla, se valora, se acepta y se normaliza, es fácil que los más pequeños la vivan también así: estarán observando que las cosas no siempre son como uno quiere, que los momentos felices se acaban, que a veces es fácil sentirse acorralado sin saber bien por qué,  pero que mirando para sus padres, podrá encontrar el camino. Pues hagámoslo. Eso también es poner límites.

Gracias por haberme acompañado durante este año, espero que estéis también ahí en 2013... y ya sabes... no tengas miedo a salir de la burbuja.

Abrazos y felices fiestas.

Beatriz Coronas, psicóloga.

viernes, 26 de octubre de 2012

Autocuidado para padres


Las madres y padres que trabajamos en casa ocupándonos de su buen funcionamiento y de la crianza de los niños hemos hecho una opción -en muchos casos consciente y reflexionada- por dedicar gran parte de nuestra energía y preocupaciones a acompañar a los niños desde su nacimiento con la presencia constante de un adulto, que se convierte en su figura de apego principal ya que, dada la estructura social actual y el modo de vida, es casi el único modo de garantizar ésta. Sobre todo en familias monoparentales y en aquellas en que un miembro de la pareja pasa muchas horas fuera. Así, nuestras energías están puestas casi siempre en atender las necesidades de nuestros hijos.

Se trata de una tarea agotadora, porque requiere energía física y en especial, psíquica, para estar conectados con los menores, responderles, averiguar qué necesidades tienen cuando no saben expresarlo, mantener el buen humor... En definitiva, una serie de autoexigencias necesarias para una buena educación emocional de nuestros niños, aunque excesivamente ambiciosas desde cualquier punto de vista. Ningún adulto puede estar disponible 24 horas día tras día: para tener fuerza es necesario beber de alguna fuente que nos ayude a recuperarla, personas con las que compartir las dudas, las frustraciones, la responsabilidad.

Reconocer que los adultos tenemos necesidades y requerimos espacios propios es saludable para nosotros y para la relación que queremos tener con nuestros hijos: un modo de evitar que se instale el rencor y el mal humor en las relaciones familiares. Porque si nosotros no somos capaces de reconocer nuestras emociones y darles respuesta, ¿cómo podremos guiar a nuestros hijos para que aprendan a gestionar sus propias emociones? Puede que nos encontremos bloqueados durante algún tiempo para percibir ésto, por la costumbre de hacer lo que "debemos". Porque llevamos años desconectados y desconocidos para nosotros mismos. Sin embargo, es posible reaprender y redescubrirnos, y herramientas hay muchas. Sólo hace falta tener la valentía para cambiar y salir de lo conocido, aventurarnos en un territorio emocional nuevo, y así encontrar el equilibrio que nos convierta en padres que cuando estamos con nuestros hijos estamos al 100%, en vez de entregarles limosnas de tiempo durante el día porque estamos deseando escapar un rato de la rutina diaria.

Maria Pilar Gómez San Miguel
Crianza en Familia

viernes, 19 de octubre de 2012

Proyectando




     Cualquier observador atento de relaciones y conversaciones maternales habrá escuchado en ocasiones afirmaciones similares a éstas:

  • “le quité la teta porque lo que tenía ya era dependencia, está más tranquilo así, es mucho mejor para todos”.
  • “nos estaba tomando el pelo porque sabía hacer pis en la baza pero prefería usar el pañal; se los quitamos y en dos días controlaba perfectamente”.
  • “está mucho más contenta si va un rato a la guardería que si la tengo conmigo, se entretiene más y está más tranquila el resto del tiempo”.


     No por el hecho de que una afirmación se repita una y otra vez se convierte en verdadera porque sí, y los ejemplos anteriores llegan a ser absurdeces admitidas, repetidas, valoradas y usadas como explicación, similares a “es mejor que se te adelante el parto porque con un bebé pequeño es más fácil” o “no pasa  nada si te vas unos días, total ni se enteran”…
Rebeca López Noval Kisikosas

     La única realidad es que cada diada mamá-bebé, cada familia, cada circunstancia, son únicas. Criar no es fácil, no son matemáticas y deberíamos huir de algunas soluciones que se venden como panaceas. En ocasiones, demostraciones científicas son capaces de demostrar lo que supuestamente “es mejor”,  pero esa bondad no significa que sea lo mejor para cada familia. Quizá, por ejemplo, dar el pecho hasta que el bebé se destete por sí mismo es lo mejor (estudios antropológicos explican que la edad natural del destete es alrededor de los seis años*), pero condicionar obligatoriamente a eso a una madre trabajadora, separada, con dos hijos lactantes y con su familia lejos (por decir algo), quizá no le acerque al estado de ánimo necesario para ser una madre capaz de contener. Aquello que valoramos como “mejor” debería ser la dirección en la que se ha de tomar el camino, y no sólo la meta. No hay que llegar a toda costa o de cualquier manera, sino que después de haber meditado y valorado cuidadosamente una opción, deberíamos aproximarnos a ella, parándonos a valorar si merece la pena seguir por ahí o conviene cambiar de rumbo. Pero para eso, es imprescindible que exista una buena capacidad de escucha y auto-observación… Las madres, los padres, deberían ser capaces de preguntarse: "lo que sucede ¿le pasa de verdad a mi bebé, o creo que me pasó a mi niña interior y lo pongo en ella?"

     Se ha comentado en esta sección varias veces la necesidad de que las madres desarrollen su potencial  de escucha, empatía y lucha. Los grupos de apoyo y las asociaciones están muy bien, pero se debe acudir a ellas con la intención de que supongan  ayuda, no de que hagan el trabajo personal de cada una. Añado otra necesidad adicional: que las madres (principalmente, pero no sólo) puedan ser capaces de permanecer atentas a sus propias necesidades y situarlas de manera justa en su historia de crecimiento personal, para poder dar una respuesta adecuada a las demandas de las criaturas. Sólo así se puede aprehender terceros lo necesario para continuar andando y acercarse a lo que se ha elaborado como adecuado.

     El problema de aceptar una verdad como absoluta sin pararse a pensar en cómo afecta al clima familiar general  y, particularmente, a cómo remueven todos esos escudos que en su día se erigieron, es que no se tienen herramientas adecuadas para encontrar variaciones personales cuando algo no sale como la teoría supone que tiene que salir. También pasa cuando se toma una decisión sin meditar mucho, o haciéndolo porque la mayoría lo hace igual, aunque rechine.

     Cuando una decisión tomada respecto a los hijos resuena o molesta en ocasiones se toma la vía rápida: se “explica” según la mirada adulta, y se actúa en consecuencia. Si eso choca demasiado contra lo que se hacía hasta entonces, aparecen las justificaciones, aparece la CULPA.

     Si ante una decisión difícil se opta por mirar al niño desde la mirada del niño, desde su altura y su momento de desarrollo, se explicará de otra forma. Y esta otra forma puede ser analizada y negociada; se puede llegar a la misma actuación que en el caso anterior pero, no harán falta justificaciones, no harán falta excusas… aparece entonces la RESPONSABILIDAD (y la asunción de la misma, que no es igual que la culpa) y se abre el camino para mantener una relación con los hijos sana. Sobre los ejemplos anteriores: 

  • ¿Cómo fue el destete de esa mamá? ¿lo eligió o se lo impusieron? ¿se lo explicaron, al menos? ¿de verdad en la actualidad es autónoma e independiente? ¿tiene buena relación con su marido, se lleva bien con su madre?
  • ¿A esa madre le preocupa que le tomen el pelo? En su vida cotidiana ¿siente que se quieren  aprovechar de ella? Su hermano, un político, el vendedor de coches ¿es capaz de decirles que no?
  • ¿Es mejor un bebé tranquilo que uno capaz de llamar la atención por sus propios medios? ¿Le reprocharon a ella que era inquieta? ¿Está desbordada, no hay actividades que pueda dejar de hacer?



* Stuart McAdam, P., Dettwyler K.A. (Eds.): Breastfeeding: biocultural perspectives. Aladine de Gruyter, 1995.

Beatriz Coronas, psicóloga.
A las madrigueras!

viernes, 24 de agosto de 2012

Hasta que los hijos nos separen


Cuando éramos novios y vivíamos con nuestras respectivas familias todo era romántico y nuevo. Cuando empezamos a vivir juntos todo seguía siendo nuevo y romántico. Cuando nació nuestra primera hija la experiencia era nueva, el romanticismo no tanto. ¿Qué fue pasando?

En la construcción de nuestra familia hemos pasado por varias fases: los comienzos estuvieron llenos de novedad, ternura por el recién nacido, aprendizajes, descubrimientos, e incluso las horas sin dormir las llevamos con soltura y energía sobradas. Con más niños es más complejo compaginar la atención a las necesidades de cada criatura, las propias, encontrar momentos para la pareja y organizar la intendencia del hogar.

En los foros de maternidad -porque son las mujeres las participan mayoritariamente y buscan respuestas para la crianza de sus hijos- muchas madres se quejan de la falta de apoyo de sus parejas, e incluso hablan de enfrentamientos directos o conflictos diarios con éstos por cuestiones relativas a la alimentación, la lactancia materna, el modo de relación con los niños, el colecho...

Nuestro secreto para compartir un estilo de crianza común fue leer ambos el mismo libro, lo que supuso una apertura hacia un estilo diferente. A partir de ahí no dejamos de preguntarnos por el mejor modo de realizar nuestra tarea como padres. Ahora mismo existe una complicidad muy grande, una comprensión profunda de los puntos débiles del otro y sobre todo, un compromiso serio por cultivar el amor mutuo, cuidando de no convertirnos únicamente en "padre" y "madre" dejándonos absorber por el día a día de nuestra familia numerosa, puesto que cada uno somos más que nuestro rol parental y la relación de pareja sigue teniendo entidad propia.

Los principales obstáculos que experimentamos para una relación de pareja sana cuando tenemos hijos a nuestro cargo:

-la insatisfacción personal con la propia vida, que lleva al desánimo y el malhumor constantes, no tener claro qué quiero hacer con mi vida, dejar pasar los días sin dar salida a mis inquietudes y dones, convierte el hogar en un lugar de enfrentamiento por cuestiones pequeñas, enfrentamientos que revelan que estamos a disgusto, aunque solemos proyectarlo en la otra persona, e incluso en los niños

-la falta de flexibilidad en las costumbres, porque ¿realmente es tan importante que el trapo de la cocina quede colgado del grifo al acabar el día?

-la escasa comunicación con la pareja, por falta de tiempo y sobre todo por relajarnos en la implicación con la relación

-mantener un nivel de comunicación superficial, basado en contarnos lo que hacemos a diario, charlar sobre los amigos y la familia o la actualidad

-dar por supuesto que la otra persona sabe cómo nos sentimos, que nota nuestro desacuerdo, cansancio o necesidad de apoyo; efectivamente no es así, lo cual nos frustra y aumenta la incomunicación y los conflictos

-convertir el cuidado de los hijos en el centro de mi vida, dejando desatendidas otras facetas de mi persona y por supuesto la relación amorosa

Hay algunos puntos clave para una relación positiva cuando se tienen hijos, muchos son conocidos por casi todo el mundo -lo que no implica que se pongan en práctica todo lo necesario-:

-dialogar juntos sobre la crianza de los niños antes de tenerlos, buscar información para compartir criterios educativos


-comunicar las dudas, alegrías y frustraciones que vivas a lo largo de la relación de pareja y familiar, para no acumular sentimientos negativos hacia la otra persona

-tener momentos para el diálogo personal, sin niños, para compartir aficiones y tiempos de relax

-tener proyectos personales propios de la índole que sean, de modo que la vida de familia no sea tu única ocupación

-si hay algo que marca la diferencia es la comunicación: muchas de nuestras conversaciones podríamos tenerlas con amigos e incluso conocidos; si se trata de un nivel más profundo de comunicación entonces llegamos a los sentimientos y emociones, y en el último nivel se encuentran nuestros deseos y proyectos, nuestras inseguridades y esperanzas, experiencias de infancia, etc. Cuando cuentas lo que te ocurre, preocupa, sueñas, inquieta, divierte... el mensaje que recibe la otra persona es que es importante en tu vida, así que dí lo que sientes, qué te hace sentir inseguro y dudar, cómo quieres que sea vuestra familia, qué vas a hacer para contribuir a ello, cuál es el proyecto con el que sueñas...

Lo que no se nutre acaba muriendo, si imaginamos que nuestra pareja sobrevivirá a base de rentas de experiencias pasadas podemos encontrarnos con el tiempo inmersos en una relación gastada, sentirnos sin ilusión y lejanos de quien era parte fundamental de nuestro día a día y nuestro mayor socio en el empeño vital de crear una familia. De ambos depende que esto no sea así.

Maria Pilar Gomez San Miguel
Crianza en Familia

jueves, 2 de agosto de 2012

Coaching intensivo en Atapuerca: 28, 29 y 30 de septiembre

El próximo 15 de septiembre celebraremos el primer aniversario de la Comunidad Internacional Para Madres Multitarea de Educarpetas. Estoy preparando diversas actividades con ese motivo, unas para disfrutar en la red, y una, muy especial, para disfrutar en vivo.

Con motivo de este primer año estoy preparando un “campamento” de coaching intensivo en vivo para mujeres que desean enfocarse y sacar adelante sus proyectos de forma decidida y firme. Como somos madres, no pueden faltar nuestros hijos en este evento, así que esta convivencia combinará las sesiones de coaching grupal e individual con actividades culturales y familiares en las que podremos disfrutar todos.
Estoy firmemente dispuesta a ayudarte, a comprometerme contigo y tu progreso, por eso este evento tiene plazas muy limitadas, y para que seas seleccionada debes rellenar la aplicación que encontrarás aquí.
Apresúrate a contestar, porque iré considerando todas las aplicaciones por estricto orden de llegada, y en cuanto se acaben las plazas cerraré el registro de formularios. ¡Solo queda 1 plaza!
Si sientes que estás preparada para pasar al próximo nivel y que estás dispuesta a trabajar para lograr tus objetivos, escríbeme, porque es contigo con el tipo de mujer con quien quiero trabajar.






Lugar: Casa rural Elizalde, Atapuerca, Burgos.
Fechas: 28, 29 y 30 de septiembre de 2012

Programa:
Viernes
16.00h Bienvenida y presentaciones e instalación en habitaciones, etc.
Tiempo libre para conocernos y aclimatarnos
19.00h Primera sesión grupal.
Tiempo libre y cena (la casa rural dispone de cocina al servicio de los huéspedes)
Sábado
10:00h Sesión grupal: Enfoque y objetivos del  día.
10.30 a 12h Sesiones individuales
14.30h Comida y tiempo libre (la casa rural dispone de cocina al servicio de los huéspedes)
16.00h Sesión grupal
17.30hTiempo libre (Podemos visitar Burgos, Santo Domingo de la Calzada, descansar…  lo que surja de forma natural dentro de la dinámica de grupo)
Cena (la casa rural dispone de cocina al servicio de los huéspedes)
Domingo
10:00h Enfoque y objetivos del día.
10.30 a 12h Sesiones individuales
Visita al pueblo de Agés, 12º etapa del Camino de Santiago.
Comida y tiempo libre (la casa rural dispone de cocina al servicio de los huéspedes)
16.00h Sesión grupal
17.30h despedida
Feliz y activo día,
Azucena Caballero
"La coach de las mamás que emprenden".

sábado, 26 de mayo de 2012

Mujeres y mujeres


Anoche, haciendo un poco de zapping po los canales más conocidos en España me topé con un par de programas en los que los protagonistas principales eran mujeres: el reality show "Me cambio de casa" y el docushow "Baby boom".

Dejando a un lado la cuestión de la elección de los protagonistas para aumentar el espectáculo, y de que la intención de dichos programas es conseguir audiencia, me pareció revelador el papel que tenemos las mujeres en nuestra libertad, y cómo perpetuamos nuestra situación de sometimiento o incluso maltratamos a otras repitiendo patrones masculinos y actitudes escasamente respetuosas con la dignidad que toda persona tiene, sea hombre o mujer.

En el primer programa una de las mujeres vive sometida en el ámbito familiar, porque cree que su papel es servir a los hombres de su casa, porque se siente culpable si no cumple el papel para el que nació. Porque además cree no tener posibilidades de sobrevivir por sí misma y de ese sometimiento obtiene protección, amparo económico y estabilidad.

En el segundo, mujeres ejercen presión sobre otras mujeres en situación vulnerable durante el parto, como una forma de control y empleando violencia emocional, quizá semejante a la que sufrieron ellas en momentos semejantes o bien reproduciendo modelos masculinos.

La responsabilidad de sus actos no se ciñe únicamente a su propia vida, en ambos programas las protagonistas están rodeadas de niñas en crecimiento y formación como personas, o de otras mujeres jóvenes que necesitan amparo, cuidado, cercanía y sensibilidad. ¿Qué dificultades añadidas tendrán éstas
para cambiar el papel protagonista que tienen en su propia vida con modelos así?

Mientras peleamos en la esfera pública porque desaparezcan la homofobia, las desigualdades laborales y el sometimiento, el papel que las mujeres tenemos en nuestro propio desarrollo y en el del colectivo femenino en general dificulta los procesos de liberación, y lo que aún nos queda por hacer, que es descubrirnos a nosotras mismas y nuestra dignidad personal.

Maria Pilar Gómez San Miguel
Crianza en Familia



martes, 15 de mayo de 2012

Ser amigo de tus hijos

Ya sé que en este momento aconsejar ser amigo de sus hijos – cuando tantos “expertos” pregonan lo contrario – puede sonar como mínimo paradójico.

Pero es que de hecho no hay ningún indicio de que ser amigo de tus hijos sea algo negativo, es más bien al revés, después de mi experiencia, como hija y como madre, y después de observar muchas más familias de mi entorno puedo afirmar rotundamente que lo mejor para la salud familiar es ser amigo de tus padres, amigo de tus hijos.

Lo que tenemos nosotros con nuestros hijos de 17 y 15 años es una relación de amistad que me asombra todavía porque no me la esperaba de esta forma, es una especie de complicidad deliciosa que me maravilla cada día – nos hace sentirnos bien como familia.

El secreto de esta amistad tan especial consiste en la comunicación continua y en el respeto y el cariño que nos mostramos en la familia. Y el principio por el que nos regimos es ni hacerles, ni permitirles hacer a ellos lo que no les permitiríamos o haríamos a los adultos que nos rodean: otros familiares, amigos, conocidos, desconocidos… Hay una relación de igualdad desde muchos puntos de vista, y es por eso que en nuestra casa no hay unos mejores que otros, unos más fuertes que otros, unos que abusen, otros que se aprovechen, que se sientan engañados, estafados, mentidos, manipulados… No hay castigos, no hay burlas, no hay insultos.

Lo natural es apoyarnos los unos en los otros en la familia, según las situaciones que se nos presentan diariamente. Es esta disponibilidad de ayudar la que nos convierte en primer lugar en amigos.

Por desgracia hay mucha gente que confunde las nociones de amistad, respeto y negociación con una permisividad sin límites, olvidándose que los niños necesitan desarrollar criterios, y los padres estamos a su lado precisamente para ayudarles y guiarles en esta importantísima tarea. No hay que confundir la bondad con la debilidad o con la falta de interés en el desarrollo del niño.

La falta de criterio, la permisividad ilimitada es igual de dañina que la autoridad demasiado estricta; y dejarles a los niños demasiada libertad sin atención amorosa es igual de contraproducente que no dejarles espacio personal e intentar domar su personalidad.

Ser amigo de tu hijo significa ofrecerle el mismo respeto que se merecen los demás, independiente de la edad que tengan. Significa tener confianza en él. Colaborar con él, pedirle la ayuda u ofrecérsela, negociar de forma positiva para que ambos – padre e hijo - vayan ganando en una situación de conflicto.

Y es que más tarde, cuando el hijo se convierte en un adulto, en tu igual, ya dejas de ser su “padre”, y tu papel de líder o guía disminuye; lo que queda entre los dos es esta preciosa relación de amistad que no se acabará nunca a lo largo de la vida. No es cuestión de reemplazar a los amigos que tu hijo hará durante su vida, sino ser uno más de ellos, uno especial que le ayudó a desarrollar todo su potencial básico, le ayudó a crecer como ser humano y a estar conectado con su propio yo para poder conocer a los demás también, entenderlos, aceptarlos, vibrar con sus valores.

Aparte de ser su padre, ser también el primer amigo de tu hijo le enseñará entablar amistades duraderas durante toda su vida. Como dicen siempre: "La familia te viene dada, los amigos los eliges tú". ¿Y qué mejor que elegir ser amigo de tus padres o hijos también?

viernes, 27 de abril de 2012

Emociones en familia





Hace unos días haciendo la compra escuché el llanto de un niño, al fijarme en él me pareció que tendría 3 ó 4 años, caminaba al lado de su madre agarrándola el pantalón y diciendo algo difícil de entender. Al pasar junto a mí la madre se agachó un poco, le retiró la mano del pantalón y le dijo: "¡No quiero saber nada de ti!¡Payaso!".

Me sorprendió el tono de rabia de la madre y procuré imaginarme en una situación en la que alguien me dijera esas palabras. No sé qué motivó el enfado de esa mujer, pero me pareció que su tono y su calificativo resultaban hirientes.

Nos molestamos porque nuestros niños se enrabietan, y esperamos que gestionen sus emociones de un modo proporcional, equilibrado, que no nos moleste en demasía. Y cuando la rabia nos inunda no somos precisamente ejemplo de gestión sana de las emociones; lo preocupante es cuando descargamos en nuestros hijos y les faltamos al respeto olvidando su dignidad. Muy a menudo los culpamos de nuestro descontrol ("¿ves?, ya me has hecho enfadar") cuando los responsables únicos de las expresión de esas emociones somos nosotros. Pensar que el equilibrio personal y emocional depende de lo que encontremos fuera es una trampa en la que caemos con facilidad porque nos parece una salida fácil. Sin embargo es esencial que tomemos el control y el timón de nuestra energía emocional puesto que es peligroso dejar en manos de otros o de las situaciones externas algo tan importante como es nuestro equilibrio emocional.

La vida familiar es plena y placentera cuando cada miembro de la misma se responsabiliza de sus acciones, sentimientos, emociones y pensamientos; cuando se permite sentir cosas desagradables y dolor; cuando expresa y se comunica genuinamente con los demás. Y ahí los adultos somos guía para los niños.

Maria Pilar Gomez San Miguel

viernes, 20 de abril de 2012

El doble rasero con los niños

Frecuentemente los adultos pierden buena parte de la capacidad de ponerse en lugar de otros y de aceptar distintas opciones como válidas; esto se llama empatía y pese a estar presente en el desarrollo de planes de estudio y de programas de desarrollo emocional como parte imprescindible para un correcto crecimiento personal en los niños muchas veces desaparece en la adultez, o si aparece es de forma muy tangencial. La mayoría de los adultos se perciben a sí mismos como personas más o menos empáticas y sensibles con las necesidades de los otros, pero aparecen muchas dificultades cuando se alejan del modelo adulto-céntrico predominante. Casi todas las personas son capaces de entender a otro cuando está enfermo, cuando ha perdido un trabajo o cuando se enfrenta a adversidades, y sin embargo presentan resistencias enormes cuando las necesidades surgen en el mundo infantil, mucho más emocional y sensible que el adulto. De esta situación aparecen multitud de confrontaciones entre grandes y pequeños, y se enquistan las posibilidades para solucionarlas. Muchas veces el adulto confunde el “ajuste al mundo infantil” con “ser muy directivo”, “marcar límites claros” o, simplemente “obedecer”. Es decir, que se le permiten muchas cosas a un niño o una niña mientras su comportamiento no choque de lleno con el punto de vista adulto. Obviamente esto es necesario en ocasiones en las que la seguridad de un niño está en peligro, pero demasiado frecuentemente es simplemente el hecho de hacer cosas distintas “a lo que un niño tiene que hacer”. Esto se manifiesta en comportamientos, actitudes o peticiones hacia el comportamiento que se realizan de forma injusta y/o arbitraria. Y es que muchos adultos exigen a los niños mucho más de lo que se exigen a ellos mismos o de lo que tolerarían a otros. ¿Ponemos algún ejemplo?

  • Roberto está de paseo con su mamá y ésta se encuentra a una amiga a la que hace tiempo que no ve. Empiezan a hablar y Roberto se queja: se aburre y quiere irse. La respuesta de la madre es: “un momento, ahora voy”. “Ahora mismo nos vamos”. Tras un rato de aburrimiento, Roberto encuentra diversión con unas piedrecillas. De repente, su madre se da cuenta de lo tarde que se le ha hecho, se despide y exige: “Roberto, vámonos que es tarde”. –“Ahora voy, mamá”. –“¿Ahora? ¡NO! ¡Ya! Y deprisa, que llegamos tarde”. ¿Está la adulta dando un ejemplo de comportamiento? ¿Será capaz de darse cuenta que no está empatizando con el pequeño?


  • A Margarita le compran una bolsa de chuches y le dicen que sólo puede comer una al día. En un descuido de sus padres, agarra la bolsa y se da un atracón. Cuando su padre lo descubre y la regaña por haber desobedecido. Está muy decepcionado por no poder confiar en la palabra de la niña, que tiene que aprender a controlarse. Como castigo, esa noche no le lee un cuento en la cama, porque está muy enfadado. Se enciende su cigarrillo electrónico y se pega su parche para dejar de fumar y se afirma en su creencia que la niña “tiene que aprender”.


  • Luis no ha terminado un trabajo del cole. Su madre no puede ayudarle pues tiene que hacer la declaración de la renta, pues acaba el plazo al día siguiente y no “ha tenido tiempo” de hacerla. Luis recibe una bronca por no organizarse como debe.


En la vida cotidiana tenemos miles de ejemplos similares. Si los adultos fueran capaces de exigirse a sí mismos lo mismo que exigen a los niños, en el mundo no habría miles de métodos de adelgazamiento fallidos, no se organizarían seminarios de profesionales para organización del tiempo, ni la teletienda inundaría las pantallas con miles de artículos tan inservibles como codiciados. Si los niños encontrasen coherencia entre las actitudes de los adultos y las peticiones hacia ellos, las relaciones serían más fluidas y sanas.

Y tú ¿le exiges a tu hijo lo que eres capaz de pedirte a ti mismo?

Beatriz Coronas, psicóloga. 

sábado, 14 de abril de 2012

¡Esto está cojonudo! ¿No?

Hasta ahora en los capítulos precedentes he querido ir desgranando diversos enunciados de la llamada Teoría Sistémica aplicada a las familias. He utilizado anécdotas de mi vida cotidiana en una época de mi historia familiar muy concreta. Lo que voy a contar hoy no sé si responde a alguna parte de esa teoría sistémica, pero lo quería contar de todos modos.
Yo estaba aprendiendo a cocinar. Tenía un cuaderno que llevaba conmigo a todas partes y en el que apuntaba recetas, trucos de cocina, ideas que se me podían ocurrir al respecto, la pequeña contabilidad diaria… Vamos, que le puse entusiasmo, ganas y metodología y en poco más de un año me hice toda una experta en el arte de hacer una buena mayonesa casera, unas alubias con “sacramentos” y salsa bien gordita o cómo cocinar un bacalao al pil pil “en 5 minutos” (doy las gracias a Arguiñano por esta última receta que en ocasiones me sigue sacando de ciertos apuros).
Sin embargo fue un tiempo de incertidumbres, de ensayo y error muchas veces en la cocina. Yo no era capaz de distinguir si mis guisos estaban buenos y mi padre… bueno, mi padre la verdad es que no era de mucha ayuda.
Comíamos hacia la 1h30 todos los días. Yo ponía la mesa, servía la comida y de vez en cuando preguntaba aquello de “¿qué tal está?”. Mi padre invariablemente respondía: “Pues ya me lo estoy comiendo, ¿no?” y con eso quedaba zanjada la encuesta. En aquel tiempo yo trabajaba, estudiaba así que no me daba la vida para apuntarme a cursos de cocina. Como nadie salió perjudicado ni intoxicado con mis comidas yo seguí adelante con mi manera de cocinar.
Una de las máximas sistémicas viene a decir que para solucionar un gran problema no hace falta más que una pequeña solución, pero eso sí, tiene que ser “la solución” adecuada a ese problema. Dijo Arquímedes “dadme un punto de apoyo y moveré la tierra” y yo encontré el mío un día de casualidad (como suelen ocurrir los grandes descubrimientos).
Aquel día por alguna razón no llegué a casa hasta las 15h30. Mi padre que ya sabía que me iba a demorar me esperaba impaciente para comer, hasta tenía la mesa puesta cuando llegué, sólo tuve que calentar la comida y servirla. No recuerdo cuál fue el plato agraciado para la ocasión, la imagen que quedará grabada para siempre en mi retina es la de mi padre comiendo a dos carrillos y diciendo: “¡Esto está cojonudo! ¿No?”. En un momento había pasado de ser una cocinera “pssss” a ser una gran experta de la cocina casera.
Y la razón fue tan sólo una pequeña variable: la hora de comer y de forma directamente proporcional, el hambre de los comensales.
Si es que no hacía falta recurrir a la teoría sistémica para apoyar esta anécdota, con el refranero español era suficiente: “Al buen hambre, no hay pan duro”.
Y “a buen entendedor, pocas palabras bastan”.

viernes, 16 de marzo de 2012

Y... ¿CÓMO SE LLEGA A CRIAR CON APEGO?



Visto lo visto, una de las cosas que hay que reconocerles a las familias que crían desde el respeto es, además de lo obvio, el hecho de que persistan en ello. Y es que el panorama es desolador... los consejos vuelan en todas direcciones y muchas veces disfrazan el mensaje “lo estás haciendo fatal”. Entonces ¿qué es lo que hace que muchas mujeres se mantengan y no sucumban ante la presión de grupo? Y sobre todo ¿de qué depende que no se desmoronen y sigan confiando en sí mismas?

Ya hemos hablado otras veces de la importancia de “la tribu” ya sea ésta presencial o virtual. Y precisamente es a través de las asociaciones familiares, de los grupos de apoyo y de las reuniones de crianza dónde se pueden observar muchos tipos de mujeres-mamás muy distintas pero que comparten caminos similares... y mujeres similares que afrontan las dificultades de la crianza de formas muy diferentes. Esto ¿de qué puede depender? Lo que se propone a continuación es que quizá no lo hace tanto de características de personalidad como de la forma en la que se conoce o se llega hasta la crianza respetuosa.

Se van a exponer cinco tipos de acceso a la crianza, con sus características, los problemas que suelen encontrarse y la forma de solventarlos. Obviamente, no es un estudio exhaustivo ni una suerte de diagnóstico, sino apreciaciones personales después de años de experiencia con grupos de apoyo. Probablemente todas las mujeres tengan algo de cada una. Posiblemente nadie se vea reflejada con toda certeza, y quizás nadie reconozca ninguna característica común con ella misma. Pero es esperable que casi todas tengan una interesante mezcla en su forma de llegar a la crianza con apego y, por tanto, de maternar. 

Pertenecer a uno u otro grupo no es ni bueno ni malo. Se llega y esa es la victoria. Pero saber cuáles pueden ser los puntos flacos quizá sí sea beneficioso para la autodefensa ante opiniones no pedidas o pequeños contratiempos cotidianos. Con esa intención y no otra, está escrito este artículo. No se trata ni de etiquetar ni de señalar.

  • Una de las formas de conocer la crianza con apego es hacerlo de forma intelectual: se llega a través de una dedicación al aprendizaje exhaustiva. En muchas ocasiones son personas con formación (generalmente de tipo no formal o informal, pues en la educación formal no es la "mejor vista" de las opciones)  sanitaria, educativa o humanística previa, pero cuando no es así y proceden de otros campos, el nivel de competencia que alcanzan es altísimo. Es habitual que estén interesadas en varias áreas de la crianza, que lo disfruten e incluso que en ocasiones cambien su perfil profesional para acercarse más al mundo infantil. Suelen ser personas positivas y optimistas, con recursos y con capacidad de buscar alternativas, ante las críticas siempre tienen una respuesta. Por el contrario, para ellas puede ser muy duro aceptar en ocasiones que algo “no funciona”, pues lo viven como un fracaso personal y cargan con mucha culpa. Puede ayudarles el comprender que una crianza es una carrera de fondo, que lo importante no es hacer cosas “que funcionen” para obtener buenos resultados, sino establecer bases firmes; y además, trabajar la diferencia entre “culpa” y “responsabilidad”, asumiendo que no se pueden controlar siempre todas las variables.
  • En otras ocasiones se llega escapando de la propia experiencia personal. Al tener un hijo se reabren las heridas recibidas en la infancia (y no estamos hablando únicamente de malos tratos físicos): la educación recibida, los valores, la actitudes cobran una nueva dimensión, se ven de otra manera y nuevas necesidades salen a la luz: se intenta sanar al niño interior a base de cuidar al nuevo bebé, pero esto puede desestabilizar el equilibrio personal cuando hay algún tipo de problema; aparecen preguntas como “¿por qué haces esto si siempre te he tratado bien?” o “¿en qué he fallado?”. Estas personas hacen mucho énfasis en sus propias actitudes y no suelen tener en cuenta los procesos madurativos de los hijos. Además, ante estas dificultades se reabren las heridas y existe un sufrimiento adicional. Actividades de sanación emocional son insdispensables.
  •  Hay una variante en la experiencia personal, y es esa que se manifiesta cuando se recuerda la infancia como feliz y amorosa y lo que se busca es la repetición de esas condiciones para los hijos. Una buena relación con el niño interior provoca una reflexión sobre la práctica bastante más condescendiente que la anterior, se entiende que hay fases en la maduración, que hay situaciones que se viven de forma transitoria y que “todo pasará”.
  • La organización social actual no facilita la inclusión de los hijos en la vida cotidiana, y no es fácil “hacer piña” con otras madres. Así que en ocasiones, una madre encuentra que su grupo de referencia más cercano, por cercanía, vecindad o familiaridad, cría con apego, con lo cual llega allí a través del “acogimiento”, por casualidad o por simpatía. Esto ocurre principalmente al tener niños recién nacidos o de pocos meses, cuando hay más dudas. En general, es gente práctica, que aprovechan lo bueno que ven y descartan aquello que no les interesa, que no cuadra con su estilo de vida o que les remueve más de lo necesario. En ocasiones permanecen algo al margen del grupo; en otras se sienten cuestionadas y la forma de escapar es presentar problemas recurrentes: por ejemplo, lactancias fracasadas por causas difusas en repetidas ocasiones. No hay una reflexión profunda sobre las dificultades auténticas, aparecen las incongruencias y se cede a la presión externa con facilidad. No suele mantenerse una auténtica crianza respetuosa a lo largo del tiempo, aunque sí se pueden conservar algunas características importantes, de forma inconexa. 
  • A veces ocurre que media una cuestión “estética”, o de moda en la asunción de patrones de crianza. Suele darse estando ya embarazada y buscando información, y habitualmente les sucede a mujeres activas y curiosas... comparando distintas opciones aparece una simpatía o gusto estético por alguna características muy concreta de la crianza, y ello la acaba arrastrando hasta otras con las que comparten espacio. Por poner un ejemplo: es raro que una mujer que decida disfrutar de su bebé llevándole en un portabebé opte como primera opción por una lactancia artificial. Además, estas mujeres suelen parecer muy seguras de sí mismas y con mucha fortaleza personal. El problema de esta “inmersión” es que en ocasiones se va haciendo muy extrema en los comienzos, pero luego flaquea con cierta facilidad cuando los niños comienzan a tomar sus propias decisiones y a separarse en la díada mamá-bebé. Esto puede desestabilizar a las familias, que comparten momentos de muchísimo apego con otros de cierta lejanía y sobre todo, cansancio y frustración ante la tarea. Pueden aparecer resentimientos hacia el pequeño o tristeza por las costumbres “perdidas”. Recordar que el tiempo pasa volando y que se debe buscar tiempo para el autocuidado ayuda a recobrar el equilibrio, así como aceptar los errores y los puntos más débiles. 
  • Por último, en ocasiones, la crianza con apego simplemente “surge”. No importa cuáles sean las ideas de partida, dónde esté montada la cuna o las opiniones de la suegra. Si el bebé llora y se calma al meterlo en la cama, allí se queda... y ya habrá tiempo al día siguiente para buscar en internet si eso está bien, mal, lo hace más gente o cómo se llama. Simplemente, las necesidades más básicas llaman a los instintos más primales y si la mujer está conectada con ella misma, simplemente surgen. La frase que mejor resume a estas mujeres es algo así como: “ pues es que yo pensaba XXXXXXXXXXX PERO DE REPENTE TODO CAMBIÓ”. Por supuesto, para poder lograr esta conexión la madre debe tener estabilidad emocional... incluso en entornos “hostiles”, el instinto acaba brillando.
¡A las madrigueras! (reproducción prohibida)

Ya se ha comentado antes que ninguna forma de llegar es a priori mejor que otra, y que todas aparecen de alguna forma en la mayoría de las mujeres, pero esta última manera de llegar parece especialmente reconfortante... ¿no sería bonito pensar que TODAS las madres son capaces de cubrir las necesidades de sus hijos simplemente escuchando su cuerpo? Porque no se debe olvidar una cosa: respetar a los hijos es respetar al niño que todavía llevamos dentro.

Beatriz Coronas, psicóloga.

P. S. Quiero agradecer a todas las mujeres con las que comparto problemas, risas, lactancias, favores, abrazos, conversaciones, confesiones...aprendo muchísimo diariamente gracias a ellas. Esta vez, ha sido especialmente Y. la que me ha hecho ser consciente de lo valioso de ser tan distintas y a la vez, tan cercanas. Mil gracias.

sábado, 10 de marzo de 2012

Ponga un animal doméstico en su vida.

Llevábamos unos pocos meses mi padre y yo adaptándonos a nuestra nueva situación cuando un tercer personaje hizo acto de aparición en el teatro de nuestras vidas. Vivíamos en un primer piso de cara a un monte y era relativamente fácil saltar, sobre todo para un animal de cuatro patas con la agilidad de un gato.
Era joven y fuerte, posiblemente como de un año o así, y daba la sensación de que le habían echado de alguna casa en cuanto perdió la gracia del cachorro para adoptar el aspecto de un gato adulto y caradura. Sabía que podía beber agua en la fregadera y algún otro truco más que un gato de la calle no sabría, como que es más cómodo dormir encima de la cama de tu ama que en la mantita del suelo. Estaba ligeramente “civilizado”, aunque ya había conocido la libertad de las calles aumentando sensiblemente su instinto animal,  razón que hacía que tuviéramos especial cuidado en no dejar comida sin tapar en la encimera de la cocina.
Era blanco con manchas rojas y la cola como a rayas blancas y rojas. Eso y su costumbre de desaparecer sin dejarse ver durante horas y a veces días me llevó a ponerle como nombre “Wally” (como el de los cuentos aquéllos del tipo a rayas “¿Dónde está Wally?”).
Siempre había querido tener un gato, era la ilusión de mi vida y que aquel pequeño bicho semiamaestrado y semicallejero nos adoptara como su familia fija me hizo una ilusión tremenda. Pero fue otro aspecto más de nuestra vida al que tuvimos que adaptarnos.
Como he contado, yo atravesaba un periodo difícil tratando de acostumbrarme a la rutina de las tareas domésticas. Wally ayudó mucho a que me adaptara lo más pronto posible. Por una especie de manía fetichista se meaba encima de mi ropa si se la encontraba por ahí amontonada, así que no me quedó más remedio que tenerla guardada y recogida si no quería tener que lavarla otra vez. Como ya mencioné, también se encargó de “defenestrar” alguna que otra figurita de la discordia. Hubo que reubicar y guardar sistemáticamente ciertos chismes que estaban eternamente fuera de sitio porque corrían peligro de ser arañados, meados, rotos y/o perdidos (como una virgencita fosforescente que mi madre tenía en su mesilla que apareció en el salón en la esquina de detrás de la tele, recorrió la casa de punta a punta). Llenamos el suelo de pelotitas de plata porque el gato nos salió futbolero y de vez en cuando le gustaba hacer unos regates según se iba para la calle a dar su paseo habitual o al salón a echarse la siesta en el sofá de mi padre.
Bueno, no os voy a dar más la chapa con batallitas del gato (de momento) y voy a pasar a explicar la parte de teoría sistémica que ilustra este ejemplo.
Cuando ocurre un cambio muy grande en un sistema, tanto que el sistema se rompe y debe reinventarse para poder sobrevivir de alguna manera, cuando pasan los primeros meses de adaptación el miedo que se instaura a los cambios puede hacer que el sistema caiga en un estado de rigidez que aprisione a sus miembros y no los deje apenas respirar ni evolucionar. Es verdad que tras un cambio muy fuerte de manera natural se formará una estructura rígida que dé seguridad a sus miembros y que les aporte el “molde” ideal a partir del cual crear la estructura definitiva a medio camino de la flexibilidad y la rigidez que caracteriza un sistema sano. Un ejemplo podría ser una pierna que se lastima y se le proporciona un bastón a la persona para ayudarse a caminar mientras dure la rehabilitación, que lo sujete en el día a día y pueda fortalecerse con la seguridad que le produce una estructura rígida externa. Pero el bastón no es el estado definitivo, sino una ayuda temporal. El habrá personas que “le cojan miedo” a caminar sin bastón y hagan de él un compañero para el resto de sus días, aunque ciertamente no sea necesario sino a un nivel psicoemocional. Un animal doméstico puede añadir esa pizca de sal a la vida que haga que la familia no se anquilose en la estructura rígida del principio y sepa pasar con cierta elegancia gatuna a la siguiente etapa de estructura semirígida y permeable más adecuada y sana.
En nuestro caso fue el tercero en discordia que nos enseñó a tomarnos la vida con un poco más de tranquilidad y perspectiva. Tuvimos mucha suerte de que Waly nos adoptara como familia porque empezábamos a necesitar a nuestro alrededor una estructura más flexible y él fue el soplo de aire fresco que nos ayudó a hacer la transición. Bueno, luego nos enteramos de que era polígamo y de que tenía más familias (por eso desaparecía a veces durante días, lo tendrían encerrado curándose de alguna aventura gatuna) pero eso es otra historia de nuestro multifacético gato de las mil caras.
Mónica Alvarez
http://elhadadelosgirasoles.com/
http://duelogestacionalyperinatal.com/

jueves, 8 de marzo de 2012

Taller online "Acopaña sus sueños": 22 de marzo


El próximo 22 de marzo únete al resto de miembros de la Comunidad en el taller online "Acompaña sus sueños. Como ayudar a tu adolescente a desarrollar todo su potencial".
A través de la Comunidad y de nuestro grupo cerrado de Facebook, te indicaré los pasos para poder participar en el mismo.

domingo, 26 de febrero de 2012

¿Libertad de decisión?

Quiero escribir sobre la libertad de decisión y elección de las mujeres y me resulta difícil empezar. Tal vez porque es tan complicada la situación que cuesta encontrar las palabras para reflejar la realidad.
Vivimos en una sociedad en la que las mujeres (y los hombres) nos creemos con libertad para tomar nuestras decisiones. Sin embargo, cuando rascamos un poquito, vemos que no está tan claro. Es decir, vivimos en una sociedad en la que tenemos libertad para tomar decisiones que no cuestionen el sistema social, económico, familiar… en el que nos encontramos. Pero lo cierto es que cuando nuestras decisiones no están en consonancia con aquello que nos hace seguir felices y tranquilos, la cosa se complica. Y en temas como los que yo trabajo, donde aquello que creemos es la base de nuestra vida y nuestra identidad, todavía más complicado.
Me explico. Dar a luz y nacer… cuestiones que siempre han estado fuera de la palestra de lo socialmente expuesto, y por lo tanto relegadas al ámbito doméstico, de manera que las mujeres, sin criterio socioeconómico claro ni necesario, se ocupaban de ello. Sin embargo, en el momento en que estas cuestiones salen de lo doméstico para llegar a las instituciones sanitarias, se convierten en asuntos masculinos, y por ello, manejadas en función de criterios económico-empresariales (éxito, fracaso, producto, porcentaje de riesgo, gráficos de progresión temporal, etc.) Así, una cuestión íntima, perteneciente a la esfera de la sexualidad femenina, de repente se ve evaluada y analizada con criterios externos, propios del ámbito empresarial e incluso legal.
¿Cómo es posible, en estas condiciones, que las mujeres tomemos decisiones sabias sobre nuestros partos y los nacimientos de nuestros hijos? ¿Cómo se puede entender que nos hablen con el miedo entre los ojos cuando nosotras estamos creando vida y sintiéndonos invencibles? Porque en todo esto hay, además, una trampa… el hecho de haber cedido al lenguaje y al paradigma técnico-empresarial hace que parte de la información no esté al alcance de la mujer… sino sólo aquélla que es importante para mantener, como decía al principio, al sistema que funciona, que da seguridad, que da dinero y nos mantiene contentos y tranquilos.
Si realmente queremos que las mujeres (y los hombres) tomen decisiones, tendremos que darles toda la información. La que como sistema nos gusta dar para sentirnos bien, y la que no nos gusta dar… y aceptar que tal vez, la decisión, sea diferente a la que nos mantiene tan felices… aceptar que tal vez, la libertad de decisión hace que las cosas que creemos sagradas e intocables no lo son… aceptar que dar a luz o nacer, por poner un ejemplo, son procesos sanos y habitualmente fáciles, que el miedo no tiene cabida, que el éxito o el fracaso no dependen del reloj, y que devolver el poder a las mujeres sobre su cuerpo y el de sus hijos implica que los demás lo perdamos, nos apartemos y sólo observemos maravillados la fuerza que da a una mujer estar informada y decidir consciente.

Nuria Otero
Pedagoga y psicopedagoga. Orientadora Familiar. Doula.

viernes, 24 de febrero de 2012

Un arcoiris de sentimientos


Así somos los seres humanos, un arcoiris de sentimientos. Esos sentimientos son los que nos sirven de guía para caminar por la vida, para relacionarlos con los demás, para saber lo que nos hace daño y lo que nos beneficia. El problema es la etiqueta de emociones positivas y emociones negativas que tanto se escucha entre ciertos sectores y profesionales. Ese etiquetado nos marcó de niños, nos induce a expresar o reprimir sentimientos. El miedo, la rabia, el llanto... se quedan a menudo en nuestro interior porque nos sentimos culpables al sentirnos así, no permitimos que la emoción fluya, y eso juega en contra de nuestra salud debilitando el sistema inmunitario. Y la mayor dificultad para caminar en la dirección contraria suele ser nuestro hábito de mirar "fuera" buscando un culpable para nuestra emoción, en vez de mirar a nuestro interior para descubrir qué necesitamos y recuperar el equilibrio.

Ese etiquetado también nos condiciona a la hora de acompañar a los niños en el desarrollo de su autorregulación emocional. Cuántos "¡no llores!" hemos escuchado en la infancia, que repetimos a los pequeños cuando su llanto nos parece injustificado o nos pone nerviosos. Cuántos "¡no pasa nada!", "¡no es para tanto!", "¡te asustas por nada!", cuántos niños que lloran ante la indiferencia de sus padres, que creen que así dejarán de tener rabietas... con todo esto estamos mostrándoles que sus sentimientos no son correctos, no nos importan o peor, que son malos.

Por tal razón, existe una correlación entre el nivel de desarrollo emocional de los padres y la salud emocional y física de los niños. Cuando hablamos de autorregulación, el primer paso se inicia en la auto-conciencia; en saber cómo funcionamos y cómo somos; la autorregulación no consiste en contener o reprimir la emoción.

Recordemos que no se trata de hacer, como nos han hecho creer, “niños duros” para una sociedad “cruel” como la nuestra. Se trata de acompañar a la infancia desde el respeto por su ritmo madurativo para fomentar un yo lo más sólido y fuerte posible, atendiendo a la emoción como guía infalible del bienestar o malestar interno en relación con la interacción con el medio. Y desde esta guía, transformar o cambiar lo que no nos hace bien.

Maria Pilar Gómez San Miguel
Crianza en Familia

lunes, 20 de febrero de 2012

Filosofía en la prisión

Breve y reveladora charla de Damon Horowitz, profesor de filosofía, que imparte clases de nivel universitario de filosofía en la prisión de San Quentin. Me parece una charla muy interesante, que entre otras cosas nos muestra que la educación no tiene fin.